Por Regina del Río
Una de las peculiaridades de nuestra época es que los gobiernos entienden que "gastando" se combaten las crisis y se crean empleos y riqueza. Para ello suben impuestos, imprimen dinero y endeudan a sus ciudadanos. Tanto es así, que cada europeo nace debiendo 22000 euros.
Pasa el tiempo y no se crean ni empleos ni riqueza. Porque si imprimir dinero y "gastar por gastar" creara prosperidad, Zimbabwe fuera el país más rico del mundo. Daniel Lacalle lo ilustra bien cuando dice: "imprimir dinero y esperar que baje el desempleo, es como comer donuts y esperar que desaparezcan las nubes".
Y es que cualquier gasto no es prosperidad. Un gobierno puede decidir endeudarse y construir 20 aeropuertos. Claro que se mueve la economía y se refleja en el pib. Pero como con dos era suficiente, ahí se quedan los otros dieciocho sin aviones ni pasajeros. Para colmo, quien da la estúpida orden no paga por el desperdicio. Y mientras el "crecimiento artificial" ocupa los titulares, las futuras generaciones heredan la hipoteca.
Crear empleos reales y riqueza es otra cosa. Tiene que ver con que los ciudadanos tengan dinero en sus bolsillos y la motivación para invertir y arriesgarse en proyectos. Lo harán con el cuidado de no construir aeropuertos innecesarios, porque les duele lo suyo. Y si los construyen, pagan ellos por el fracaso, y no toda la sociedad.
Los gobernantes insisten en gastar porque el poder que da el clientelismo les viene bien. Y han logrado convencer a la población de que gastar es "social" y que los empleos se crean "por intervención".
Pero los empleos no se crean por intervención, sino cuando hay condiciones para invertir. A menos que sean botellas, como las de los 45 jardineros contratados en un hospital en Grecia para cuidar unos cuantos maceteros. Y nada más antisocial que una botella: emplear personas y hacerles creer que son útiles, ocupando un puesto donde ni siquiera aprenden a serlo.
Con el mismo pretexto, Europa gastó doscientos mil millones de euros en tres años. Hasta ahora lleva cuatro países casi quebrados y cinco millones de empleos menos. ¡Todo esto, muy social!
La autora es economista y empresaria

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