martes, 16 de diciembre de 2025

El afán por la igualdad

Por Regina del Río

Desde tiempos antiguos, la brecha entre pobres y ricos ha inquietado a los hombres. Platón decía que en la sociedad ideal el ingreso del más rico no debía exceder cuatro veces el del más pobre.

Tan lejos estamos de ese ideal, que la gente en Japón es hoy 387 veces más rica que la del Congo. Eso lo sabemos.

Lo que no tenemos muy claro, sin embargo, es cuál debería ser el criterio para "juzgar" la desigualdad. El sentido común nos dice que idénticos, lo que se dice idénticos, no lo seremos nunca. Faltaría saber entonces qué tan diferentes podríamos ser, sin caer en "lo injusto".

Que nos expliquen, por ejemplo, qué sería mejor: un mundo dónde todos ganan 100000 al año, incluso los perezosos, o uno en que las tres cuartas partes ganen 300000 y el resto 50000.

Y qué sería preferible: todos igual de pobres, o un pequeño grupo riquísimo y otro grande acomodado. ¿Preferiría la gente pasar hambre por igual, a vivir acomodada donde otros exhiben su exagerada riqueza?

¿Y si la desigualdad proviene de elegir trabajos menos exigentes, a cambio de más tiempo libre? ¿Se debería castigar a los que eligen lo contrario, en aras de la equidad? 

Porque daría la impresión que todo el que ha ganado más que el promedio no ha hecho nada inteligente para merecerlo. Y que debería compartir los frutos de su inventiva o tesón con los que no han aportado gran cosa.

En este sentido, los libertarios se oponen a que los gobiernos redistribuyan el ingreso. Entienden que hacerlo equivaldría a asignar calificaciones por pena, promediando la clase para que los inteligentes no humillen a los "menos brillantes". Y que los programas de asistencia no hacen más que motivar la flojera y la cultura de mendigos.

Particularmente no creo que nos pongamos de acuerdo. Quizás deberíamos dejar el afán exagerado por la igualdad de ingresos y exigir más bien igualdad de oportunidades. Y que cada quien se diferencie según sus habilidades y esfuerzos.

Porque eso de penalizar a exitosos para recompensar desafortunados reduce el incentivo a triunfar y crear riqueza. Y de tanto querer repartirla, menos va quedando para nadie.

La autora es economista y empresaria













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