Por Regina del Río
Cuando un grupo de trabajadores se asocia para defender sus intereses ante patrones, estamos frente a un sindicato.
Los sindicatos aparecen en el siglo XIX con discursos como este: "Somos personas dignas y padres de familia. Merecemos salarios más altos y mejores condiciones. Intimidemos al patrón para lograrlo. De lo contrario nos vamos a huelga y le paramos la fábrica".
Y con esta elocuencia ganaron muchos adeptos y se volvieron poderosos. Tanto así que algunos trabajadores dejaron de trabajar de verdad para ser unicamente sindicalistas. Y hasta recibieron ayudas del gobierno.
Estos ex-trabajadores no sólo comenzaron a manejar un buen dinerito, sino que se hicieron famosos en los medios. Y el asunto les fue gustando. Entonces terminaron por convertir al sindicato en su propia empresa y a los trabajadores en la excusa para recibir más ayuda solidaria y conservar su poder.
Comenzaron incluso a ser avasallantes y hostiles, ya no sólo en contra del injusto patrón , sino en contra de aquellos trabajadores que prefiriesen aceptar un salario más bajo con tal de tener un empleo.
Lo insólito de todo esto es que este poder lo adquirieron sin generar riqueza alguna, en detrimento de los que sí la producían: los empresarios, que terminaban cerrando o instalándose en otra parte, y los propios trabajadores.
En los Estados Unidos, por ejemplo, el más famoso sindicalista del carbón se convirtió a la larga en el mejor vendedor de petróleo. Porque encareció tanto el carbón con sus exigencias salariales y las tantas huelgas que organizaba, que la gente comenzó a sustituirlo por petróleo y las minas quebraron.
Algo similar ocurrió en la industria automotriz. Gracias a las conquistas de su sindicato, General Motors no pudo competir con Toyota y terminó despidiendo a cientos de miles de empleados.
Cuando esos miles de obreros y mineros regresaban cabizbajos a sus casas, ninguno encontró allí al antiguo compañero y solidario sindicalista para darle trabajo o pagarle sus facturas.
No es de extrañar entonces que hoy día los sindicatos estén tan desprestigiados y que hasta se hable de la nula necesidad de su existencia.
La autora es economista y empresaria

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