martes, 16 de diciembre de 2025

Miedo a competir

Por Regina del Rio

El comercio surgió entre las personas mucho antes de que académicos y filósofos se sentaran a analizar su conveniencia. Eran tan evidentes sus ventajas que el mismo fluía sin explicaciones.

La gente se liberó de tener que producir todo lo que necesitaba porque simplemente podía comprarlo en el mercado. Pudo disfrutar más de la vida y consumir una mayor variedad de artículos.

Cuando los países comercian entre sí buscan exactamente lo mismo. Lo que no tiene uno, lo tiene el otro. Cada cual se dedica a producir lo que sabe hacer mejor y lo demás se lo compra al resto. Aunque  unos sean ricos y otros pobres, en general todos  ganan en el intercambio. Así está demostrado.

Pero a pesar de las evidencias a favor del comercio internacional, las proposiciones por restringirlo ocupan  una posición central en el debate político. Y es que aunque éste sea beneficioso para la sociedad en conjunto, no suele serlo para una minoría, muchas veces poderosa : los productores de bienes y servicios similares a los importados.

El miedo a competir y a enfrentar realidades los aterroriza y  los empuja a exigir de sus gobiernos la imposición de barreras a la importación.  Utilizan diferentes pretextos para exigir que no se compren productos a ciertos países: que si hay que castigarlos porque pagan un salario de miseria o contaminan el ambiente, que si se pierden empleos nacionales, que si la dependencia es peligrosa...

¡Y cualquiera se confunde!

Tanto así que los gobiernos ceden a sus presiones, perjudicando entonces a una enorme pero dispersa mayoría consumidora, a quien no le queda más remedio que comprar artículos nacionales caros o de peor calidad que los extranjeros.

Terminan beneficiando a una influyente y ruidosa minoría, que tarde o temprano tendrá que afrontar que otros son mejores o hacen cosas más útiles. Tal como tuvieron que hacer los cocheros de caballo cuando apareció el automóvil, los fabricantes de máquinas de escribir cuando apareció la computadora y tantos otros que debieron reinventarse para poder sobrevivir.

¿O hubiese sido preferible condenar la sociedad al atraso, con tal  de protegerlos?


La autora es economista y empresaria


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