Por Regina del Rio
La gente se liberó de tener que producir todo lo que necesitaba porque simplemente podía comprarlo en el mercado. Pudo disfrutar más de la vida y consumir una mayor variedad de artículos.
Cuando los países comercian entre sí buscan exactamente lo mismo. Lo que no tiene uno, lo tiene el otro. Cada cual se dedica a producir lo que sabe hacer mejor y lo demás se lo compra al resto. Aunque unos sean ricos y otros pobres, en general todos ganan en el intercambio. Así está demostrado.
Pero a pesar de las evidencias a favor del comercio internacional, las proposiciones por restringirlo ocupan una posición central en el debate político. Y es que aunque éste sea beneficioso para la sociedad en conjunto, no suele serlo para una minoría, muchas veces poderosa : los productores de bienes y servicios similares a los importados.
El miedo a competir y a enfrentar realidades los aterroriza y los empuja a exigir de sus gobiernos la imposición de barreras a la importación. Utilizan diferentes pretextos para exigir que no se compren productos a ciertos países: que si hay que castigarlos porque pagan un salario de miseria o contaminan el ambiente, que si se pierden empleos nacionales, que si la dependencia es peligrosa...
¡Y cualquiera se confunde!
Tanto así que los gobiernos ceden a sus presiones, perjudicando entonces a una enorme pero dispersa mayoría consumidora, a quien no le queda más remedio que comprar artículos nacionales caros o de peor calidad que los extranjeros.
Terminan beneficiando a una influyente y ruidosa minoría, que tarde o temprano tendrá que afrontar que otros son mejores o hacen cosas más útiles. Tal como tuvieron que hacer los cocheros de caballo cuando apareció el automóvil, los fabricantes de máquinas de escribir cuando apareció la computadora y tantos otros que debieron reinventarse para poder sobrevivir.
¿O hubiese sido preferible condenar la sociedad al atraso, con tal de protegerlos?
La autora es economista y empresaria

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