domingo, 24 de agosto de 2025

Trump y sus aranceles

Trump y sus aranceles

Por Regina del Río


Los que estudiamos Economía, y nos identificamos con la teoría clásica, creemos en el libre comercio como un excelente motor de prosperidad para los países que participan en el mismo.


En un mundo ideal y perfecto, no habría aranceles: los bienes y servicios entrarían y saldrían entre un país y otro, con el solo coste adicional de su transporte. Y ningún gobierno metería la mano en ese intercambio a través de impuestos. 


Bajo esas circunstancias, cada país se podría dedicar a lo que sabe hacer mejor, y todos los consumidores (en todos los países) pagarían lo menos posible por los bienes y servicios de la mejor calidad existente.


Ningún consumidor, en ninguna parte del mundo, se tendría entonces que resignar a comprar productos caros o defectuosos, producidos por los productores de su país, porque a sus competidores de fuera les cobrasen impuestos de entrada.


Pero no vivimos en un mundo ideal. Y esto lo comprendió muy bien Donald Trump desde antes de asumir su segundo mandato como Presidente de los Estados Unidos. 


Las condiciones comerciales de su país con el resto del mundo estaban muy lejos de ser ni libres ni justas (porque se basaban en políticas implementadas después de la Segunda Guerra Mundial, para ayudar a los países en ruinas a recuperarse). Se cobraban aranceles muy bajos a los productos que venían de Europa, de China y otros países, cuando a los productos americanos se les cobraba mucho más para ingresar a ellos, y se les imponía otro tipo de trabas. Un automóvil americano, por ejemplo, debía pagar un 25 pc de arancel para entrar a Europa, y el europeo apenas 3.25 pc para entrar al mercado americano.


Con su típico estilo, firme, agresivo, poco diplomático, “sin filtro”, que a tantos “ofende” en esta cultura victimista, Trump desató un torbellino de desconcierto y locura en los mercados, amenazando con tarifas arancelarias desorbitantes a sus socios comerciales.


Después de esa tempestad vino la calma. Y Trump simplemente logró lo que quería: reciprocidad comercial y mayores ingresos para su país. Sus socios acabaron negociando y cediendo, porque les dio una cucharada de su propia medicina.


Algo parecido hizo con el Canal de Panamá. Amenazó con “cogérselo”, con el consecuente pataleo de los “patriotas soberanos de Latinoamérica” (quizá lanza estas amenazas absurdas porque le gusta divertirse con tanto drama sin sustancia), y al final logró que China no pudiera tener la influencia a la que aspiraba en el Canal, y que a los barcos americanos se les cobrara menos peaje cuando lo usaran. 


Seis meses después de haber tomado posesión, y contra toda la narrativa mediática que tanto lo detesta, la inflación en Estados Unidos se situó en apenas un 2.4 pc y los mercados bursátiles mostraron un gran optimismo y alcanzaron máximos históricos.


Y aunque hasta ahora son solo promesas, los acuerdos internacionales de inversión que pactó con Arabia Saudita, implicarían una inyección multibillionaria sin precedentes en los próximos años, que se reflejaría en aumento de empleos, salarios más elevados y una mejoría significativa en las infraestructuras.


Trump ha ilusionado también a sus ciudadanos con la posibilidad de eliminar el impuesto sobre la renta a todo el que gane menos de 200000 us al año. Si lo hace pasará a la historia como el Presidente mejor valorado.


Como si esto fuera poco, gracias a su intervención, hay una luz de esperanza de que se acabe la masacre en Gaza, hay una leve reducción de la guerra en Ucrania, y no hay guerra ni entre India y Pakistán, ni entre Ruanda y el Congo, ni entre Israel e Irán. A pesar de que tantas “voces respetables” nos habían asegurado que este último conflicto se trataba ya del fin del mundo.


¡Nada mal para solo seis meses en el cargo!.


La autora es economista y empresaria 







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