lunes, 25 de agosto de 2025

Estado y moralidad

 Estado y moralidad

Por Regina del Río


Muchos suelen adjudicarle al Estado una superioridad moral sobre el “egoísta” libre mercado. Como si lo público fuera lo moral, y lo privado, lo contrario.


Esta creencia ha servido de justificación a todo tipo de intervencionismo estatal. El más común bajo el esquema actual de los estados democráticos es el de promocionar los derechos de un grupo, violentándole sus derechos a otro.


A este tipo de intervencionismo se le ha llamado “redistribución”, que suena mejor que atropello, que es de lo que en realidad se trata. Y no tiene nada de moral.


Lo verdaderamente moral sería que se promoviera en los ciudadanos su dignidad de personas útiles y la responsabilidad de esforzarse, y no que se les dijera que tienen el derecho a exigir que otros alivien sus problemas. Que no se les hiciese creer que esos otros deben ser obligados, a través de la coacción política, a entregar parte de  su dinero para ayudarlos.


Más inmoral todavía es que bajo este pretexto de “redistribuir en nombre de la justicia social”,  los políticos del gobierno de turno, tienen el permiso legal de meter sus manos en los bolsillos de los ciudadanos que trabajan. Y gracias a este permiso, y a la discrecionalidad con la que se pueden manejar los fondos públicos, llegar al poder se ha convertido en la forma màs fácil de enriquecerse. 


Muy diferente esto a los que operan desde el sector privado, que solo pueden enriquecerse sirviendo a los demás de algún modo, porque no pueden obligar a nadie a pagar por los bienes y servicios que ofrecen. Lo que ofrecen tiene que gustar o convenir a los consumidores que les compran. Solo así están dispuestos a pagarles.


En el mercado tienes obligatoriamente que servir para ganar dinero. Desde el Estado se rompe esta lógica (aunque nos quieran hacer creer lo contrario), y se puede ganar mucho sin servir absolutamente a nadie, y hasta perjudicando.


El daño moral de esta situación no solo se limita a la Injusticia contra los que deben entregar el fruto de su esfuerzo, ni a la posibilidad de enriquecimiento ilícito que facilita, sino también a la envidia que se fomenta en los discursos colectivistas cuando se les hace creer a los ciudadanos que a los que más tienen hay que quitarles para dárselo a ellos.


Y no hay peor sentimiento que ese, para envenenar las relaciones humanas. Muy distinta a la “envidia de la buena” (que nos inspira a mejorar y nos llena de admiración por los logros de otros), la envidia mala es tan humillante que nadie admite sentirla. La vemos reflejada en el resentimiento social, en los discursos de odio y en la violencia destructiva.


Muy lejos está el Estado de ser sinónimo de moralidad.


La autora es economista y empresaria

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