jueves, 23 de octubre de 2025

Sobre prostitutas

 Sobre prostitutas

Por Regina del Río


El más viejo de los oficios, y todavía se considera “pecado”.  Creamos lo que creamos al respecto, es muy poco probable que la prostitución deje de ejercerse en este mundo. Por más que se prohíba o critique.


Cabe entonces hacer una distinción entre dos tipos: la que es practicada libremente, y la trata de esclavas.


Porque son dos mundos completamente distintos. En el primero, la mujer ejerce su derecho a vivir como quiere y ganarse su sustento de una manera “que le va y le acomoda”. El segundo es condenable y vergonzoso.


Todo ser humano tiene derecho sobre su propio cuerpo, y a quien le guste y convenga vender sus servicios sexuales, que los venda (como quienes venden sus servicios de consultoría financiera o terapia psicológica). Claro está, mientras esto se haga desde la libre elección y no implique abusar de nadie.


En su libro Afrodita desenmascarada, María Blanco aborda el tema con gran lucidez y señala cosas como estas:


- Tienes unas determinadas destrezas y las vendes. Como muchos otros hacen. Si este tipo de oferta en el mercado es tan criticado y condenado, no es  porque la clientela haya estado insatisfecha, ni porque quienes lo ofrecen sean particularmente más infelices, sino por un asunto de juicio religioso, que lleva años castigando todo lo que tenga que ver con el uso de genitales.

- Muchos se indignan porque lo consideran algo sucio y deplorable, pero no se indignan tanto con el trabajo del que limpia cloacas e inodoros, del que cuida enfermos o del que recoge la basura.

- Científica y racionalmente no hay ninguna prueba en contra. Ni evidencia de que que vender lo que viene del cerebro sea siempre más meritorio.

- Se pasa por alto la contribución de las prostitutas a evitar crímenes sexuales, al ofrecer un desahogo fácil a quienes son torpes en la materia.


Al que le resulte ofensiva la existencia de estas “pecadoras”, pudiese ofrecerles una mejor alternativa de vida y un trabajo donde ganen más. O simplemente... evitar su compañía.


La autora es economista y empresaria

Migraciones

 Migraciones 

Por Regina del Río


Las migraciones consisten en un desplazamiento geográfico de gente que, buscando mejores oportunidades económicas o huyendo de persecuciones, decide residir en un lugar distinto. Este fenómeno se ha dado desde que la humanidad existe.


Los que salen de un sitio “emigran”, para convertirse en inmigrantes cuando llegan a su destino. En la actualidad existen varios enfoques sobre el “dejarlos entrar o no”. 


Por un lado están los que creen conveniente la libre movilización. Siempre y cuando no se vaya a violentar la propiedad privada ni las costumbres del país destino, ni a vivir de subsidios estatales.


En esta línea están los que dicen: “pónganselo fácil, que entren, hagan su dinero y luego se regresen. Si les resulta muy difícil entrar, no van a querer regresar a su país de origen. Y terminarán imponiendo sus mañas, como la latinización en Estados Unidos, por ejemplo”.


Otros dicen: “impongan muros y todo tipo de restricciones. Son personas muy pobres e ignorantes, dispuestas a trabajar por menos dinero que los nacionales (y les quitan su empleo) o a delinquir para poder sobrevivir (vendiendo droga, robando y hasta matando)”.


Estos últimos entienden que el Estado que no controla sus fronteras está condenado a extinguirse. 


Y luego están los políticos que los identifican como sus futuros votantes, porque saben que los pueden comprar con “asistencias”.


En medio de todo esto está la distinción más relevante: que los hay que aportan con su trabajo honesto y su creatividad. Y los hay que restan: por convertirse en parásitos del sistema o en delincuentes, o por querer imponer su atraso cultural.


El problema está en determinar cómo los diferencias cuando entran. ¿Por lindos o feos? ¿Por negros o amarillos? ¿Por tener o no título académico? (Los hay con doctorados con intención de dañar) ¿Por ateos o practicantes?


El tema es complejo.


Y se complica más aún porque hay una presión insistente y peligrosa de la ONU, del Vaticano (que jamás ha acogido a nadie), de dirigentes islámicos (que sueñan con la musulmanización del mundo) y de un sinnúmero de ongs (cuyas “intenciones humanitarias” son el pretexto que disfrazan sus negocios ilícitos) para doblegar a los países prósperos a aceptar la invasión descontrolada.


Amenazándolos, si no obedecen, con procesarlos por “crímenes de odio” o con imponerles sanciones por irrespetar los derechos humanos. 


Los de los inmigrantes...claro. Porque los derechos de los habitantes de estos países no cuentan. A ellos que carguen con la irresponsabilidad y corrupción de las naciones que los mandan. Y hasta los tiran al mar.


La autora es economista y empresaria 

Dignificar el trabajo doméstico

 Dignificar el trabajo doméstico 

Por Regina del Río


Al salario de un empleado se le aplica el mismo principio que al precio de un producto: a medida que sube, espanta a sus compradores. El empleador "comprará" menos gente, si su precio es muy alto, y buscará alternativas robóticas para sustituirla. Y si planeaba expandirse, se lo pensará mejor.


Así funciona. Pero como se trata de "humanos", entran en consideración la sensibilidad y la justicia ("lo que merece el padre de familia", "los derechos que se tiene por haber nacido"...). Y esto motiva a que el Gobierno obligue a pagar salario mínimo, vacaciones, horas extras, pensiones, bonos, descanso por maternidad, y a acumular un pasivo laboral para liquidar por todo lo alto en caso de despido.


La opinión pública lo ve bien, porque se concentra en las intenciones humanitarias de estas reglas, y no en sus efectos reales: que no ayudan ni a bajar el desempleo ni a que muchachos recién graduados obtengan su primer trabajo.


Recientemente se habla de "dignificar" el trabajo doméstico, adjudicándole los mismos derechos que al trabajo formal.


En nuestro país, la posibilidad de tener esa ayuda en las casas (reservada solo a los muy ricos en el mundo desarrollado) existe precisamente porque no constituye una carga demasiado alta (incluso familias con un ingreso medio gozan de este privilegio). Y esto ha permitido que muchas personas sin la preparación suficiente para obtener otro tipo de empleo, reciban un ingreso, vivan bajo un techo, tengan televisión con cable, realicen sus tres comidas y que hasta sean consideradas como parte de la familia a la que asisten.


A partir del momento en que se le complique a quien las emplea, esta posibilidad se acabará para unos y otros. Las familias con dos de servicio se quedarán con uno o ninguno, y se adaptarán a que cada cual haga su cama y friegue lo suyo, y a que no se armen "juntaderas".


Muy incómodo, sí. Pero sobre todo duro y triste para los empleados domésticos de cuyo trabajo se prescindirá, privándolos a su vez de su sentido de valía y utilidad.

Esto es lo que inevitablemente ocurrirá, mientras se aplauda en los medios que se ha hecho justicia por ellos.


La autora es economista y empresaria 




Competir versus compartir

 Competir versus compartir

Por Regina del Río 


El psicólogo Jorge Bucay dijo: “La raíz de todos los males de la humanidad es “competir”. Pero si le sacas el “pe” y le pones el “par”, la rivalidad, la agresión y la violencia se acabarán por muerte natural”.


A fuerza de querer gustar y conmover a toda costa, este exitoso profesional de la salud mental, salta con esta cursilería que no pasa la prueba de la lógica más elemental.


Entonces se expone a que otro argentino, con la cabeza muy bien amueblada, le dé una lección de economía básica y de historia, y lo invite a ser más serio y profundo.


Así lo hizo el catedrático Carlos Rodríguez Braun, en uno de sus artículos, cuando le explica lo siguiente:


-Identificar la competencia con agresión es no comprender como funciona el comercio libre, que es una relación pacífica y creadora de riqueza entre todos los transactores.


-Si la humanidad se limitara a compartir, y no comerciáramos en competencia, pronto nos moriríamos de hambre y de sed.


-Competir no es el “sálvese quien pueda”, sino una rivalidad con reglas, empezando por la propiedad privada, que solo florece en un ambiente de libertad, justicia y paz. Competir nos enseña a vivir en sociedad, a respetar al adversario y a ser responsable.


-Comunidades del pasado, que solo compartían, no eran para nada menos agresivas y violentas que las comunidades de hoy, donde se comercia libremente.


-Los regímenes más agresivos de la historia reciente (el fascismo, el estalinismo, el comunismo y el fundamentalismo religioso), que se han llevado millones de vidas de encuentro, han recelado todos de la libre competencia entre los hombres, y han llegado al poder prometiendo hermosos paraísos donde todo el mundo comparte.


Pero a Bucay esto quizá no le importe mucho. Como experto en humanos sabe muy bien lo que quieren oír. Entonces no va a mortificarlos diciéndoles la verdad. Que deben esforzarse y demostrar lo que valen en el mercado compitiendo con otros. No. 


Bucay quiere vender y por eso les endulza los oídos.  ¡Y vaya que lo logra! 


La autora es economista y empresaria

Greta

 Greta

Por Regina del Río 


Greta Thunberg es una medioambientalista sueca de 19 años. La primera vez que oyó hablar del “cambio climático” tenía 8 años y quedó desconcertada porque no se estaba haciendo “lo suficiente”.


Tres años después cae en una profunda depresión y es diagnosticada con síndrome de asperger y trastorno obsesivo compulsivo. El activismo la sacó del letargo y sus padres, felices por ella, la apoyaron.


Con 15 años decidió no ir a la escuela para ponerse a protestar ante la asamblea legislativa y obligar a los suecos a reducir en más de un 50 pc las emisiones de carbón. Su presencia llamó tanto la atención que fue portada de la revista Time y la invitaron a hablar ante la ONU, desde donde nos regañó de manera contundente y dramática por no defender nuestro planeta.


Desde ahí preguntó: “¿cómo se atreven a destruir mis sueños, a robarme mi infancia, a mirar para otro lado mientras millones están a punto de extinguirse y los ecosistemas están colapsando?” 


Y nos advirtió que no nos iba a perdonar si le fallábamos, y que la juventud estaba despertando.


El público presente no paró de aplaudir. Y la chica se convirtió en un ídolo juvenil. Todos emocionados e impactados ante el fenómeno Greta.


Bueno…no todos. La masa enajenada por las amenazas climáticas, por supuesto que sí. Pero un selecto grupo de otro tipo de gente, no.


Este grupo simplemente observó lo evidente y lo analizó con sensatez:


  • Ninguna niña con deficiencias mentales llega sola a dar una conferencia ante la ONU. A esta niña la puso ahí gente muy rica e influyente que se hará mucho más rica si se impone la energía verde en su país. Es esa gente la que le ha financiado todo ese show sensiblero, abusando de su trastorno y de que no conoce bien las implicaciones reales de sus exigencias. Sus padres, obviamente, se han beneficiado.
  • Hay estadísticas probadas que demuestran que sus advertencias son exageradas. En los últimos 100 años ha habido una reducción significativa de muertes asociadas a desastres climáticos. Y ninguna de las predicciones apocalípticas que vienen cacareàndose durante décadas se han cumplido (Las Malvinas y Manhattan siguen en el mismo sitio, por ejemplo).
  • La sustitución de energías convencionales por las “ecológicas” es demasiado costosa. Por eso China, que no negocia su crecimiento, no se deja chantajear por esta niña (ni por ningún otro subvencionado) y continúa a todo dar con su energía barata.


Pero este “reality check” no gusta ni conviene. Mucho menos si contradice a una niña con problemas (¿con qué moral criticarla a la pobre?).


Así pues, se sigue esperando el apocalipsis (que no acaba de llegar), y mientras tanto…los bolsillos se les llenan a los que viven metiendo zozobra. Esos que ocupan portadas como “jóvenes promesas” o “salvadores del planeta”. Y muchos otros por detrás.


La autora es economista y empresaria 

Verde que empobrece

 Verde que empobrece

Por Regina del Río


La energía verde es energía que no ensucia y que proviene de fuentes renovables (esto es, que no se agotan). Se distinguen la eólica (proveniente de la fuerza del viento), la hidroeléctrica (que utiliza el agua en movimiento), la solar, la geotérmica (que viene del calor de la tierra), la biomasa (de ramas de árboles de rápido crecimiento, prensadas y convertidas en vapor) y la urdimotriz (que viene de las olas).


También se puede convertir la basura sólida en energía. Esto sin embargo no se cataloga como verde, porque contamina (pero como eliminarla también lo hace, tendría sentido considerarla).


Las energías verdes cobran cada vez más importancia como alternativa a las fuentes de energía convencionales, como lo son el petróleo, el gas y el carbón, porque éstas son finitas y muy contaminantes. 


Y cada día suena más alto la defensa de que esta sustitución se imponga a todo costa, por el bien del planeta, y por nuestra propia salvación como especie.


Planteado así resulta difícil no abogar a su favor. El problema es que se pasan por alto sus implicaciones reales…:


  • Primero…su enorme costo (no tanto para producirla, sino para poder aprovecharla). En Alemania, por ejemplo, el 20 pc de energía eólica implica un aumento de un 60 pc del costo en la red. Y una granja solar en cualquier parte del mundo necesita 400 veces más terreno que una planta nuclear.
  • Todas tienen además algún inconveniente importante: los molinos contaminan la visual del paisaje, hacen ruido y matan las aves (si a preocuparnos por la ecología vamos), y no nos garantizan una energía constante porque depende de que haya viento. Los paneles solares también dañan el paisaje, y si no sale el sol, no hay luz. La geotérmica, por otro lado, solo es factible donde la corteza de la tierra sea muy fina.
  • También conllevan un costo geopolítico: a Occidente le imponen lo que no logran imponerle a China, siendo esta responsable de más del 50 pc de las emisiones de gases en el mundo. Entonces se ríe de sus competidores que se quedan atrás, encareciendo su energía. China ensucia…y Occidente le pone la supremacīa en bandeja de plata, empobreciéndose para limpiar. 
  • Jamás se menciona que para que se imponga lo verde, el ciudadano común tendrá que pagar más impuestos y terminará siendo más pobre y viviendo peor: sin su “sucio” automóvil (porque ¿cómo se compra un tesla?), pedaleando bajo el calor, resignado al transporte público, pasando frío en invierno con una calefacción regulada, y sin poder viajar en avión por lo caro que le saldrá.


Quieren hacernos creer que la mayoría está dispuesta a pagar ese precio…porque lo “cool” es ser verde. Pero la mayoría de los que vivimos en este mundo tiene que levantarse cada día a buscar su sustento. No tiene tiempo para ser un ferviente climatólogo y ni se entera de lo que están tramando a sus espaldas las élites ambientalistas con el pretexto de “salvarnos”.


La autora es economista y empresaria 

Conceptos que ya nada significan

 Conceptos que ya nada significan

Por Regina del Río


Los conceptos de izquierda y derecha aparecen durante la revolución francesa y tradicionalmente han implicado “oposición política”. Los que pensaban que la autoridad real debía tener poder de veto (aristócratas y clérigos) se sentaban a la derecha del presidente de la asamblea. Y los que estaban en contra (o “patriotas”), a la izquierda. Así surgieron los términos.


Entonces se asoció la derecha a la defensa de los valores tradicionales, del poder militar, del orden y de la libertad económica. Y la izquierda, a los valores de igualdad, justicia social, planificación estatal y solidaridad.


Esa diferencia estuvo bien marcada hasta la caída del muro de Berlín, porque mientras existiera era muy fácil pertenecer a un bando o a otro. Pero el muro cayó, y la historia cambió. 


Ahora la tendencia es imponer una ideología global, que adoptan tanto los supuestos izquierdistas como los supuestos derechistas. Todos quieren ser políticamente correctos y marxistas en lo cultural, defender el feminismo, el planeta, la igualdad… y atacar la discriminación. También coquetean con entregar la soberanía de sus países a un “liderazgo internacional”.


Y en los discursos de todos se destierra el análisis racional para resolver los problemas reales de la sociedad (como el deterioro de la clase media, los altos impuestos que la asfixian, el desperdicio de recursos, el desempleo, el incremento de gasto y deuda, y el descontrol migratorio), para dar paso a un nuevo vocabulario “emocional” que los vende como salvadores de mujeres, de negros y de un “nuevo hombre” (con diferentes géneros, inclusivo y ecológico).


Al mismo tiempo es como si cada país tuviese una izquierda o una derecha particular, ajustada a su cultura y valores. 


En Francia, por ejemplo, ser de izquierda es promover el aborto y la homosexualidad. Pero en Bolivia, el comunista Evo Morales les advirtió a los hombres contra el pollo, porque tenía hormonas femeninas. En Perú, el otro comunista que gobierna declaró: “para nada legalizaría el aborto; primero la familia”. Y en República Dominicana, ganó un partido con muchas caras de “empresarios”, que se esperaba gobernaría como “derecha”, favoreciendo la libre empresa, y sin embargo inventó un impuesto ecológico, que debes pagar aunque estés casi quebrando. También está siendo muy criticado por doblegarse ante la élite global, por la que nadie votó.


Todo cambió, se tergiversó y se mezcló, y ya no tiene sentido hablar ni de izquierda ni de derecha como cosas opuestas.


Con razón, el joven economista Jano García las califica de entelequias que nada significan, y que simplemente se usan para que los oponentes se insulten entre sí. Y para hablarle a una masa enajenada que no le interesa profundizar mucho, sino sentir, emocionarse y soñar.


La autora es economista y empresaria