Palabras que disfrazan
Por Regina del Río
Durante la última década, y con la sumisión cómplice de los medios de comunicación y las instituciones educativas, un misterioso poder supremo ha logrado imponer en el mundo la misma narrativa.
Y ha llevado a prácticamente todas las voces audibles de la sociedad (políticos, periodistas, empresarios, “influencers”) a expresarse de la misma forma, repitiendo al unísono las mismas palabras (inclusividad, igualdad de género, desarrollo sostenible, interés colectivo, conciencia climática…).
Atreverse a reflexionar sobre lo que hay detrás de estas palabras, y de las supuestas “buenas intenciones” que las respaldan, es descartado rápidamente ante el inmenso riesgo de “no pertenecer”, de no ganar unas elecciones, de perder un medio de sustento o de no parecer “virtuoso”.
Así pues, todo el mundo repite lo mismo como papagayo, y queda bien.
Este poder misterioso, que ha logrado imponer el mismo lenguaje en todos los discursos, se presenta como un acuerdo diseñado por la ONU y se llama Agenda 2030. Su objetivo es eliminar totalmente el hambre, la pobreza, la enfermedad y la desigualdad en el mundo, y salvar al planeta tierra.
Difícil oponerse a tan rimbombante utopía.
El problema surge cuando te sientas a desentrañar lo que hay detrás de todo esto, y descubres cosas como las siguientes:
- Así como en este acuerdo se repiten (cientos de veces) las palabras sostenibilidad, inclusión, igualdad…brillan por su ausencia otras como libertad, familia, propiedad privada…, muy coherente esto con el slogan “no tendrás nada y serás feliz”, del Foro Económico Mundial. O sea… bajo pretextos muy loables… te quitarán lo tuyo, y te dicen que no te importará.
- Los medios que propone para alcanzar sus objetivos, provocan exactamente lo contrario. Como de hecho ocurrió en Sri Lanka cuando, llevándose de sus recomendaciones para salvar el planeta, cortó pesticidas y fertilizantes químicos, y provocó una hambruna tan grande que el presidente tuvo que salir huyendo cuando las masas enardecidas invadieron “su palacio”.
- Aspira a controlar la totalidad de la vida de los individuos, incluyendo qué y cuánto pueden comer. Y quiere que renuncien al consumo de la proteína animal (vital para la salud que supuestamente pretende garantizar).
- Le atribuye al Estado (o sea, a un grupo de políticos) unos poderes que dan miedo, incluyendo el de decidir cuáles industrias pueden operar y cuáles no.
- Ningunea al ser humano, al ponerlo al mismo nivel de “otras criaturas del planeta”, al pasar por alto que la mayoría de los habitantes de este mundo cree en Dios, y al promover el aborto y la eutanasia.
- Su religión es la climática. Adopta el mismo discurso catastrófico de hace años, que amenaza con sequías, desastres naturales y destrucción de sociedades enteras, que no acaban de suceder, pero siguen sirviendo de pretexto para que una élite tenga más poder y recursos.
- Pretende aumentar la proporción del uso de las energías renovables, que nunca serán suficientes (porque dependen de las inclemencias del tiempo) y exigirán siempre el respaldo de las tradicionales, encareciéndole la vida al ciudadano común.
De lo que se trata pues es de una especie de comunismo global, pero con otro nombre. Con sus mismas nefastas implicaciones para la libertad individual y la real prosperidad. Y nos confunden con el slogan “no tendrás nada y serás feliz”…que no es más que una insultante mentira, porque no tener nada significa que te conviertes en mendigo del que sí tiene. Y esto es imposible que haga feliz a nadie.
Últimamente están ganando fuerza en el escenario político las voces disidentes a esta agenda como Nayib Bukele, Javier Milei, Donald Trump, Mark Rutte…
Ojalá sigan surgiendo más valientes de esta talla en otras partes del mundo, y nos libren de este absurdo y peligroso afán totalitario. Y que el ciudadano común simplemente se remonte a la historia, y recuerde que una utopía parecida se llevó de encuentro la vida de más de 100 millones de personas.
La autora es economista y empresaria
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