jueves, 27 de mayo de 2021

Mileniales


Por Regina del Río


Se denominan mileniales (“millennials” en inglés), a los chicos que nacieron entre los años 80 y el 2000, aproximadamente. Se estima que constituyen el 23 pc de la población mundial.


A los de un nivel socioeconómico medio y alto, los psicólogos los califican de narcicistas, con un comportamiento donde predominan la búsqueda de atención y poder y la autodefensa. Están muy familiarizados con la tecnología digital y el mundo de las comunicaciones y valoran el dinero, el trabajo en equipo y el ser “su propio jefe”. 


También quieren tiempo para disfrutar la vida y perseguir sus pasiones. No suelen durar mucho en el mismo empleo.


Son irreligiosos, tolerantes con la diversidad, y menos fanáticos del deporte que los jóvenes de antes, aunque hagan más ejercicio en los gimnasios. Aprueban el matrimonio entre personas del mismo sexo y la legalización de las drogas.


Muchos viven todavía con sus padres (y dicen que no les interesa formar familia) porque no encuentran trabajo. (También es más cómodo).


No les interesan los “asuntos políticos”...y sin embargo...votan (más que la generación que los precedió). En Estados Unidos, lo hicieron por Bernie Sanders.


Votan socialista, sin tener la más mínima idea de lo que es el socialismo...porque se han preocupado más por que no se experimente con animales y por que no se ofenda a los grupos minoritarios, que por aprender historia.


Entonces no saben que Corea del Norte es comunista (y lo que esto implica), ni quiénes fueron Mao y Stalin, ni a cuántos millones asesinaron, ni con qué mentiras llegó Fidel al poder, ni qué consecuencias tienen para su futuro económico las políticas de izquierda, ni cuál ha sido la evolución de Venezuela en los últimos 20 años.


Para ellos el mundo socialista es una especie de paraíso sanitario. Esta idea se la inculcaron los centros de adoctrinamiento a donde (sin saber que lo eran) los mandaron a estudiar sus padres, con mucho sacrificio. Para ahora pensar, y votar, en contra de sus propios intereses.


Estos son los llamados a liderar el mundo en los próximos años. ¡A buena parte vamos!


La autora es economista y empresaria


miércoles, 26 de mayo de 2021

Derecho al robo



Por Regina del Río


La ideología de moda ha logrado modificar muchas cosas. Entre ellas, la percepción de lo que es un derecho. Y esto se refleja, muy particularmente, en el tema de la vivienda.


Lo tradicional era “tengo derecho a una casa, siempre y cuando la pague. Y quien me la venda o alquile tiene el derecho a cobrármela”. 


Pero la nueva onda de los “derechos sociales” es otra: “por el mero hecho de haber nacido, merezco una vivienda. Y si no puedo pagarla, alguien debe pagarla por mí”.


Se favorece al que se arrima, sin pagar. Y se le pone el nombre de derecho. Pero es robo. El Estado le quita lo suyo a alguien para dárselo a otro. Y por supuesto el derecho del que trabajó y ahorró para comprar la vivienda, no cuenta.


En la misma dinámica se suman todos los demás derechos: a salud, a comida, a pensiones, al crédito público (y a no honrar tu compromiso si no puedes)...a todos, menos a que se respete la propiedad. 


En España y en República Dominicana, por ejemplo, son prácticamente imposibles los desahucios (muy desagradables, pero concebidos para proteger al propietario); no puedes “echar” al que no te paga un alquiler, aunque seas una anciana que solo cuenta con eso para vivir.


Y los “okupas” son aplaudidos y se les justifica por ejercer su derecho social. El dueño de la vivienda ocupada que se aguante.


Vivimos ya en un mundo donde se incentiva y respeta la usurpación con retórica demagógica y sensiblera. Donde se castiga al ciudadano que se ha esforzado para producir lo suyo, que ha sido responsable y ha hecho sacrificios. Para arrimar a los que no (porque los pobres, no pueden, no lo logran, merecen solidaridad...) 


A estos se les permite robar. Porque no sabrán producir para comprar un piso, ni ser responsables con sus cuentas. 


Pero ¿votar? ¡Eso sí saben!


La autora es economista y empresaria

Feminismo contra feminismo

Por Regina del Río



A mediados del siglo XIX y principios del XX, y en el contexto del surgimiento de ideas liberales que desafiaban el orden establecido, surge el movimiento feminista.


Se queria libertad de decisión para los individuos, y el que a las mujeres se les prohibiese votar y ser dueñas de una propiedad, era totalmente incoherente con los cambios de mentalidad de la época.


El movimiento logró reinvindicaciones importantes para la mujer, que en ese entonces estaba sometida a la familia y a la Iglesia. Y las mujeres que abanderaron ese movimiento lucharon porque se las tratara igual que a los hombres (no mejor, por ser mujeres). Que se les permitiera trabajar de noche (se les tenía prohibido “por su seguridad”) y que se les pagara lo mismo. Pidieron igualdad, nunca privilegios. Y a ellas les debemos que podamos votar, que seamos autónomas y que tengamos acceso a la propiedad privada.


Este es el primer feminismo, totalmente compatible con la libertad individual y con el ser responsable por las decisiones que se toman. Un feminismo liderado por verdaderas heroínas.


Un ejemplo de ese tipo de feministas es Margaret Thatcher, quien fue la primera mujer primer ministro de su país, y jamás se presentó como “victima por ser mujer”. Demostró que era grande por su talento, su forma de pensar, su valentía y las políticas inteligentes que implementó.


Luego vino otro feminismo. El de ahora. Que es otra cosa...


Un movimiento absurdo, injustificado, ridículo...Aqui las líderes son marxistas y resentidas. Ninguna puede exhibir ningún logro que no sea el de gritar con vulgaridad. Invitan a no depilarse, a detestar a los hombres, a que se les asignen cuotas de poder y privilegios (por el mero hecho de ser mujeres).


Este, el de ahora, debería de avergonzarnos a todas.


La autora es economista y empresaria

¿Quiénes son los progresistas?

 Por Regina del


Río 


Un progresista es por lo general alguien de clase media, que vive muy comodamente y se las da de intelectual de izquierda. 


Sus prédicas siempre están basadas en las buenas intenciones. Para ellos el solo querer un mundo feliz y justo es suficiente para alcanzarlo, sin detenerse a analizar la factibilidad de sus propuestas. No hay nada que les guste más que una huelga o una manifestación, con tal de gritar.


El progre es “a según”. Dice ques es pacifista, pero defiende a la ETA y los ataques terroristas de Hamas a Israel. Dice que es demócrata, pero Fidel y Maduro son sus ídolos. Se presenta como defensor de los derechos humanos, pero no le importa que el Che Guevara haya disfrutado al fusilar a miles de personas. Y es rabiosamente anticapitalista y anti yanqui, pero no suelta su iphone.


La coherencia no es su fuerte.


Los progres se sienten moralmente superiores, y quieren redimirnos y hacernos odiar el dinero, la competencia, la propiedad privada, la meritocracia... Consideran que debemos tener todos lo mismo, sin importar quien aporte más según su esfuerzo y capacidad. 


El que algunos sean muy ricos les da mucha envidia. Y es que los progres no suelen exhibir ningún éxito económico propio. Por eso quieren un Estado grande, que cobre muchos impuestos a esos ricos, para enchufarse y vivir como burócratas. De paso se vengan. 


Al progre le gusta el ecologismo y el feminismo, y es el gran responsable de haber llevado a ambos movimientos al absurdo más inconcebible (que una niña sin preparación científica sea la abanderada de la lucha climática; que mujeres que no puedan exhibir un solo logro se crean superiores, simplemente por ser mujeres...)


Los progres entendieron hace mucho que la gente es perezosa para el análisis intelectual. Y el haberlo entendido es lo que los ha hecho fuertes. Porque los ha llevado a dominar los medios con su propaganda ruidosa y sensiblera. 


Son realmente verdaderos expertos del maketing. En eso, venga el aplauso a los progres. Porque nadie les gana.


La autora es economista y empresaria   

Igualdad


Por Regina del Rio


Cuando personajes de la talla de Adam Smith (considerado el padre de la Economía moderna) decían que los hombres éramos iguales, se referían a que debíamos ser iguales ante la ley, y no ser discriminados por nuestra condición para salir adelante por nuestra propia cuenta.


Para Smith la humanidad era homogénea. “No hay ninguna diferencia natural entre el mozo y el filósofo”, decía.


Este es un concepto de igualdad que respalda la libertad y la competencia, y que cada ser humano, haciendo uso de esa libertad, demuestre sus talentos en una sociedad abierta, y coseche según sus méritos y aportes. 


Es un concepto que rechaza los privilegios “porque no somos más que uno en la muchedumbre“. Todos podemos mejorar contribuyendo en el mercado, sin dañar al prójimo (no le pones una pistola para que compre lo que vendes, así que algo que valga la pena debes ofrecer para que te lo compre).


Esta no es la igualdad de la que hablan los socialistas y los que se llaman progresistas (que vienen a ser la misma cosa).


A diferencia de Smith, estos quieren una igualdad que se imponga a la fuerza, en un sistema donde las diferencias individuales no cuentan. Da lo mismo que seas vago o trabajador, bruto o inteligente, cibernético, innovador, creativo, intelectual, austero o derrochador...todos deben tener lo mismo porque si no...”no sería justo”. Es como pretender que tanto feas y bonitas, gordas y esbeltas, desfilen en la misma pasarela (no gusta, aunque se diga que sí para “quedar bien”).


Es una igualdad donde para que unos mejoren, debes dañar a otros. Y como todo se impone desde un órgano planificador, se incentivan los privilegios, porque enchufándote a ese órgano, es la unica forma de mejorar tu situación. Y arbitrariamente se elige a los privilegiados.


La retórica que cada día se impone con más fuerza  (incluso usando la violencia y destruyendo cosas) es partidaria de este último concepto de igualdad. Y así están tantos países. Dominados por la rabia, el resentimiento, la intolerancia y el “que me den lo tuyo a toda costa”.


La autora es economista y empresaria

Empresarios y políticos


Por Regina del Río


Guy de Maupassant se refería al burócrata como ese “hombre lleno de una sensatez que linda con la estupidez”. Solía burlarse de los funcionarios públicos, dando a entender que no son realmente capaces de resolver nada concreto, pero a pesar de eso están convencidos de que pueden arreglar un país entero.


Esto es en serio. !De verdad se lo creen!


Sería interesante acompañar a varios de ellos un día de semana, y ver qué hacen desde que se levantan hasta que se acuestan. Si al menos van algunas horas a un despacho o prefieren “salvar la patria” desde un buen restaurante, o desde la primera clase de un avión o asistiendo a congresos en lugares exóticos.


Sería bueno incluso analizar a los que al menos cumplen un horario de oficina, desmenuzando sus tareas y determinando qué relación directa tienen con la expansión y el desarrollo de su país. 


Si se la pasan conversando sobre política, o adulando al jefe para que le nombre a una sobrina, o secundándolo en inaugurar algún antojo vanidoso, de esos que lo hacen salir en la prensa. O si, por el contrario, lo que hacen tiene algo que ver con generar empleos productivos o fomentar exportaciones...


Creo muy sinceramente que lo primero predominaría.


Si hiciéramos lo mismo con un empresario (con el de verdad, no con el “enchufado al Estado”), descubriríamos que sus días son muy diferentes. 


El empresario está obligado a satisfacer a sus clientes, a crear bienes y servicios útiles, a tomar decisiones inteligentes y a generar riqueza. Su beneficio depende de que así sea. Nadie le garantiza su ingreso.


En su caso, la relación actividad y aporte tangible es mucho más evidente, pues no le queda más remedio que ser productivo y que sus clientes queden satisfechos. Si no, se queda sin ellos.


El burócrata no tiene esa presión. Haga lo que haga, como quiera cobra. Da igual que sirva alguna necesidad específica en alguna parte, o que se la pase paseando por cocteles e inflando su ego de patriota con algún que otro “invento”.


La autora es economista y empresaria



miércoles, 12 de mayo de 2021

La gran trampa


Por Regina del Río


El discurso dominante es alarmista y sensiblero:


  • Para las feministas, las mujeres siguen siendo víctimas de una atroz discriminación con respecto al hombre. 
  • Para los animalistas, los perros son más nobles que los humanos, y hasta les celebran cumpleaños (con gorrito y todo). 
  • Los ecologistas nos hacen sentir culpables por bañarnos mucho y viajar, por eso de las calamidades climáticas que se nos avecinan. 
  • Y los políticos quieren ponernos más impuestos, para erradicar la injusta desigualdad.


El discurso es una trampa. Y a medida que lo compramos, más permiso les damos a estos exagerados para irrespetar nuestros derechos y atropellarnos:


-Las mujeres nunca han sido menos discriminadas que ahora. ¿Cuántos escritores varones ganan más que J.K. Rowling, por ejemplo?  Las hay que dirigen países, bancos, instituciones poderosas...Las hay incluso arrepentidas de tanta “reivindicación”. A pesar de esto, las indignadas feministas quieren que detestemos a los hombres (¿y entonces?), y logran con su drama destruir reputaciones por “supuesto acoso”. 


-Los animalistas están logrando imponer el olor a excremento de su mascota en la primera clase de un avión (que den la vida por su perro si quieren, pero a esto, francamente, no hay derecho)


-El medio ambiente está mejor en el mundo desarrollado. Y para decepción de los ecologistas, sus vaticinios apocalípticos no terminan de ocurrir. Aún así, logran dificultarnos bastante la existencia.


-Y nunca ha habido menos hambre, menos mortalidad infantil, mayor esperanza de vida, menos guerras, menos enfermedades y menos analfabetos (hace doscientos años solo el 10 pc de la poblacion mundial sabía leer). Todo esto ha contribuido a reducir significativamente la desigualdad. Pero quieren hacernos creer que no, y que para erradicarla deben poner más cargas y trabas a la libre empresa (cuando esto provocaría justamente lo contrario)


El problema está en que caemos en la trampa, porque el discurso emocional gusta. Y entonces, con nuestra bendición, estos dramáticos nos dañan y encima los premiamos con subvenciones, cargos improductivos (muy bien pagados), viajes por el mundo (para seguir metiendo miedo), poder politico...y mucho figureo.


La autora es economista y empresaria

Derechos humanos ¿de quién?


Por Regina del Río


El fiscal general de los Estados Unidos, en tiempos de Lyndon Johnson, decía que "el derecho no es algo que alguien te da, sino lo que nadie te puede quitar".


Esto debería interpretarse como "a cada quien lo suyo". Pero el asunto se ha tergiversado, y ahora parece que unos tienen el derecho de quitarle "lo suyo" a otros.


“Tengo derecho a una vivienda simplemente porque sí, porque existo y la merezco, aunque no la pague”. Obviamente cuenta el derecho del que quiere una vivienda gratis. Pero no del que está produciendo su dinero y se la quitan. Nuestra propiedad debe ser violada porque "otros" tienen derechos. Es como decir "me puedo permitir coger prestado, y no pagarlo".


Toda esta tergiversación obedece a que el discurso sobre los derechos humanos está dominado y manipulado por la izquierda. Entonces cuentan los derechos colectivos, pero los individuales, no. (Así pregonaba la ETA, para la cual los derechos del pueblo vasco estaban por encima del de los niños asesinados).


Por esa manipulación izquierdista jamás oímos la más mínima exigencia por castigar los crímenes cometidos por los comunistas (y ya han pasado 30 años desde el derribamiento del Muro de Berlín) . 


Y cuando se habla de dictaduras o de crímenes o de desaparecidos, siempre se trata de Chile, y no de Cuba (recordemos cómo se aplaudió a Fidel Castro en la ONU) o del bando nacional en España y no del republicano (como si de ese lado no se hubiese violado jamás un derecho). 


Por esa misma manipulación, la gente se manifiesta en contra de la educación privada (porque no es justo que "solo los ricos puedan estudiar), como si nadie pagara la educación pública (que por supuesto, no es gratis porque la pagan los contribuyentes), como si fuera verdad que la gente (valorando la educación como la valora) dejaría de mandar sus hijos a la escuela si no fuera pública.


En fin, que cabe preguntarse de qué derechos humanos estamos hablando. Si solo los que "no pagan" merecen tenerlos. A lo mejor es que se entiende que los que producen y pueden pagar no merecen ya ser tratados como humanos.


La autora es economista y empresaria 

 Impuestos al vicio

Por Regina del Río


En economía se utiliza el término “demanda inelástica”, para referirse a la demanda que se muestra insensible al cambio de precio. Es el caso del consumidor que no deja de comprar ciertos productos, aunque su precio suba, porque le son imprescindibles o porque no existen otros bienes que los sustituyan.


Esto es particularmente así con la insulina, que le salva la vida, pero también con los bienes y servicios que satisfacen sus vicios (alcohol, cigarrillos, pornografía, juegos, drogas...).


A la fiscalidad de los países le encanta esta última “inelasticidad” basada en la debilidad humana. Y con el pretexto de “cuidar nuestra salud, desincentivar el pecado, disminuir las muertes en las carreteras por el manejo temerario y reducir la criminalidad”, pone altos impuestos a estos vicios. Sabiendo de antemano que a pesar de encarecerlos, la gente no los va a dejar.


Entonces los gobiernos aumentan sus ingresos, pero incentivan el contrabando y empeoran lo que nos hicieron creer que pretendían mejorar. Los más pobres son los más perjudicados porque recurren a productos adulterados o al robo para seguir consumiéndolos.


La onda puritana, esa tendencia tan de moda a despreciar a la gente corriente porque disfruta lo que “no es correcto” (el traguito, el cigarrito, las carreras de carros, las mujeres, la vida...) les da permiso a los gobiernos y a las instituciones reguladoras como la Organzación Mundial de la Salud, de invadir nuestra libertad (“porque no se puede confiar en nosotros”).


Es a ellos a quienes hay que tenerles verdadera desconfianza, pues con su moralismo no hacen más que disfrazar sus reales intenciones: recaudar a toda costa, meter mano en nuestros bolsillos. 


Para muy probablemente (con lo nuestro) irse a tomar un buen whisky por ahí.


La autora es economista y empresaria


Teoría del goteo


Por Regina del Río


Existe una teoría en Economía según la cual mientras menos se regule el mercado laboral (esto es, mientras más fácil se le ponga al empresario producir) más motivacion tendrá para invertir. Y esto terminará favoreciendo de manera natural al empleado. 


Esta teoría se llama teoría del goteo o del derrame (o más que teoría, efecto, porque muchos académicos le adjudican deficiencias técnicas), y da a entender que la riqueza generada desde arriba termina derramándose hacia abajo. De hecho se observa como los países con menos regulaciones se volvieron más ricos y esta prosperidad realmente se derramó hacia los estratos inferiores.


Ronald Reagan fue uno de los primeros en aplicarla, acompañándola con una histórica disminución de impuestos, y su influencia se extendió con gran esperanza por otros países como Argentina y Chile.


La teoría del goteo tiene muy mala prensa (hasta el Papa Francisco la odia porque entiende que sería confiar demasiado en la benevolencia de los ricos).


Y es que ahora mismo no existe otro discurso que se aplauda que no justifique exactamente lo contrario: subir los impuestos a los que más ganan. Sin embargo, está comprobado que asfixiar a los ricos con impuestos equivale, tarde o temprano, a espantarlos fuera del sistema, provocando menos crecimiento y empleo. Y menos prosperidad para los pobres.


La evidencia y el sentido común informan. Pero el discurso no gusta. Ni gustan los ricos. Parece que es mejor tener menos, con tal de que al rico le vaya peor.


Bien señala Arturo Pérez Reverte, en su último libro sobre la historia de España, al citar a Julio Camba: “la envidia del español no es conseguir un coche como el de su vecino, sino conseguir que su vecino no tenga coche”. Y así acaban de votar: por quien les garantiza que esto termine ocurriendo.


La autora es economista y empresaria

El nuevo comunismo


Por Regina del Río


La amenaza comunista no desapareció del mundo ni con su evidente fracaso, ni con la caída del Muro de Berlín, ni con la apertura soviética. Simplemente se disfrazó de formas más sutiles y menos brutales, y utiliza otros discursos. 


Los nuevos comunistas son los indignados con las deficiencias del capitalismo, con la desigualdad, con el daño al medio ambiente y con la discriminación femenina. Les gusta hablar de  "bienes públicos globales" y se refieren al Estado como si de un sabelotodo incorruptible se tratara.


Ya no alaban al "paraíso comunista" (no quieren que se les recuerde los cientos de millones de muertos y empobrecidos de tal utopía), sino que se concentran en culpar a nuestra libertad de todo lo malo que sucede.


Quieren que se les dé el permiso para arrebatárnosla. Cuando lo logren, nos impondrán la misma pesadilla, habiendo usado otras palabras. 


Con su insistente afán por la igualdad  (que no hace más que disfrazar su envidia hacia los que han hecho dinero gracias a sus aportes), terminarán violando nuestros derechos a la propiedad (lo nuestro estará mejor en sus bolsillos “solidarios”) y a la libre contratación (estaremos obligados a contratar según sus criterios, como si la productividad no fuera lo único que se debería considerar).


Como entienden que el capitalismo es tan deficiente (y el Estado no), tendremos una tarjeta asignada para comprar en sus almacenes y no en mercados. Y abolirán la publicidad, que tanto nos engaña para consumir cosas que (según ellos), no necesitamos.


Todo lo que denuncian es mentira: la desigualdad en el mundo capitalista ha disminuido, los pobres son menos pobres en los países más poblados de la tierra como la India y China, y las mujeres nunca han sido más libres e independientes que ahora (a tal punto que muchas nos arrepentimos de tanto “empoderamiento” agotador).


Pero lo que a estos nuevos comunistas les importa no es que millones de personas estén mejor. Sino que gente como Bill Gates y Amancio Ortega tengan tanto (como si se lo hubiesen quitado a alguien).


Que ellos sean tan ricos es lo malo. Para nada cuestionan que sus gobernantes lo sean. Ni que se queden con los que otros hayan trabajado.


La autora es economista y empresaria

domingo, 2 de mayo de 2021

Manipulaciones de la izquierda


Por Regina del Río


Los que simpatizan con la izquierda son expertos seductores manipulando la historia. Y nos dicen cosas como las que siguen:


-“El Che Guevara fue un revolucionario latinoamericano, guerrillero abanderado de las luchas sociales”. 


No te dirán jamás que fue un asesino que reconoció sus fusilamientos ante la ONU, ni que contribuyó a asentar en Cuba una dictadura que aún existe, ni que fue un homofóbico cruel. Encima son incoherentes porque se venden como defensores de los derechos de los homosexuales, pero tienen a éste como líder.


-“El comunismo es una excelente idea, que no ha funcionado por culpa de quienes no han sabido implementarla”. 


Esta es otra mentira. El comunismo es una pésima idea que se ha llevado a cabo tal cual. Solo que como es tan mala, se tuvo que imponer a la fuerza (en absolutamente todos los países donde se ha implementado) a través de feroces tiranías que esclavizaron, empobrecieron o mataron a millones de personas. ¿O es que los alemanes se fugaban para cruzar el Muro de Berlín hacia el paraíso comunista? Siempre fue al revés, pero los de la izquierda jamás lo mencionan.


-“Se debe dejar sin efecto la ley de amnistía de 1977 para investigar los crímenes del franquismo”. 


Esto han exigido los izquierdistas españoles, como si los de su bando jamás hubiesen cometido un solo crimen. Parece que durante la Guerra Civil se comportaron como angelitos sin pecado, que no asesinaron a nadie.


Los de la izquierda se mercadean a través de mentiras. Y lo hacen muy bien. Tienen poder de oratoria y gran capacidad de utlizar a su favor la tendencia sensiblera, de intelectuales, artistas y periodistas, a evaluar los argumentos en base a intenciones y no a resultados.


Con este apoyo logran realmente distorsionar el pasado, animar el fanatismo y el resentimiento, y poner en peligro la prudente reconciliación y la paz de los pueblos.


La autora es economista y empresaria

Ni de izquierda ni de derecha


Por Regina del Río


Un economista liberal cree en lo siguiente:


  • mínima intervención del Estado
  • pocos impuestos y bajas tasas
  • austeridad del gobierno (poco gasto y poca deuda)
  • libertad para los ciudadanos (poca regulación, pocos controles)
  • respeto a la propiedad privada y a los contratos voluntarios
  • respeto al emprendedor, a la gente productiva y responsable
  • respaldo a que la gente gane según sus aportes, y no gracias a asistencialismos creadores de parásitos ni a subvenciones entre compinches


Si se preguntase a los economistas liberales si pertenecen a la izquierda o a la derecha, la respuesta sería “a ninguna”. 


Porque una vez “arriba”, los políticos de hoy (tanto de izquierda como de derecha) hacen exactamente lo mismo: aumentar su poder con mayor intervención. Como Bush, Rajoy y Sarkozy, que siendo de derecha gobernaron como socialistas, subiendo impuestos y restringiendo a sus ciudadanos. 


Lo mismo hizo Macri en Argentina. Lo mismo hará Ciudadanos en España. Y lo mismo hace y seguirá haciendo el PLD en República Dominicana, o el partido que le gane (en el caso muy improbable de que esto suceda).


Todos (los de izquierda y los de derecha) te dicen también las mismas mentiras: que los impuestos, la deuda y el gasto solo afectarán a los más ricos. Pero esto nunca ha sido ni será así.


Lo que está ocurriendo en el mundo es justamente lo contrario a lo que propusieron los economistas liberales: el Estado es cada vez mayor en casi todos los países, porque con “intenciones humanitarias” (o pretextos interesados) se ha dedicado a intervenir en todas las áreas (incluso las muy personales), a expandir el gasto y la deuda, y a usurpar de manera humillante el éxito económico de la gente productiva.


Lo insólito es que, a pesar de esto, se tilda a los malvados neoliberales de provocar las últimas crisis. Como si lo que hubiese habido es más libertad y no menos.


Tan bien se ha mercadeado esta fábula que nadie se atreve a reconocer que es neoliberal. Por miedo a ser aplastados agresivamente por los que la repiten sin realizar el más mínimo ejercicio intelectual. Pero con mucho ruido y mucho odio. Y mucho poder en los medios.


La autora es economista y empresaria


Si lo hiciéramos nosotros...

Por Regina del Río


Cuando utilizamos la expresión "desvestir a un santo para vestir a otro", es más o menos lo mismo que decir "me endeudo para pagar otra deuda".


Lo normal (y recomendable) es que no lo hagamos. Es decir, que busquemos la manera de pagar nuestras deudas y de no incurrir en muchas. Y es lo que tratan de hacer las personas responsables en sus hogares y en sus empresas. Si gastan más de lo que ingresan, se ajustan y bajan los gastos. 


Esta virtud, llamada austeridad, garantiza la viabilidad de su existencia y las libera de las consecuencias tan dolorosas de las imprudencias financieras. Que a veces incluso se pagan con la muerte...


Esto es así a nivel individual. Porque el gobierno...¡ésa es otra historia!. El dinero que maneja es de todos y no es de nadie y no tiene dolientes ni responsables directos.


Nadie se endeuda más que el Estado. Y lo hace irresponsablemente porque el sistema le permite muchas cosas que no les están permitidas a los ciudadanos comunes: declarar default, provocar inflación, dominar la justicia para que no haya culpables de incumplimiento o de desvío de fondos...


Y no solo se endeuda sin miramiento ni mortificación.


También hace otras cosas que “si las hiciéramos nosotros”, se llamaría robo. Como cuando le quita a unos (porque tienen demasiado, o porque consumen alcohol o cigarrillos, o porque son vanidosos en sus compras) para dárselo a otros. A la manera de Robin Hood. 


Lo hace a la fuerza y amparado en la legalidad fiscal. A esto le llaman “redistribución social”. Bella palabra que ha encubierto feas travesuras. Entre ellas los favores entre compinches y la compra de votos vinculada al asistencialismo solidario (que a nadie ha sacado de la pobreza).


Y es que ya lo decía Frédéric Bastiat hace 200 años: "el gobierno es aquella institución que hace cosa que, si las hiciéramos nosotros, iríamos presos".


La autora es economista y empresaria