miércoles, 23 de febrero de 2022

Desgracia pública

 


Por Regina del Río


Si te crías en el seno de una familia sensata, te enseñan que tener deudas es una desgracia. Y te invitan a postergar el placer inmediato para cuando los ahorros alcancen.


Endeudarse es someterse a un tercero y sufrir. Hasta la Biblia nos lo advierte: “los deudores son esclavos de sus acreedores”, “una muestra de la bendición divina es que no haya que pedir prestado”, “entrar en gastos que no se puedan sufragar es una necedad”.


Muchos hasta se suicidan cuando llegan los acreedores a despojarlos para cobrarles. Y es que los hay que tienen vergüenza.


A nivel estatal, es otra historia. Porque ningún político que endeude un país paga con lo suyo las consecuencias de su imprudencia. Esa imprudencia la pagarán “otros”, con lo suyo, y sin haber bailado en la fiesta.


Los Padres Fundadores de los Estados Unidos fueron muy firmes con respecto a esto : “el gobierno debe ser frugal y sencillo”, “los ciudadanos no pueden consentir que los políticos descarguen sobre ellos la deuda”, “la creación de deuda debe ir siempre acompañada de los medios para su extinción”.


Pero eso eran ellos. Esos grandes de la humanidad, que redactaron la constitución más ejemplar de la edad contemporánea. Y pensaban como verdaderos estadistas. Les daba vergüenza lo que podían dejar a las generaciones futuras.


Nada que ver con los de ahora.


Estados Unidos es al día de hoy la nación con mayor deuda pública del mundo. Y le siguen España, y la mayoría de las naciones en Asia, África e Hispanoamérica.


Estados Unidos compensa en parte con su próspero intercambio comercial, que se lleva a cabo en su propia moneda.


Pero las otras naciones (entre las que se encuentra República Dominicana) lo tienen mucho más difícil. Porque de soberanas, nada. Cada día más expuestas a ser víctimas de todo tipo de despojos e imposiciones de terceros.


Todas atrapadas en el mismo círculo vicioso, porque para estos políticos de ahora (de todos los partidos y todas las tendencias,) es demasiado tentador manejar recursos, y que pague otro. 


Ninguno romperá con este vicio. 


La autora es economista y empresaria 

Peligrosa colaboración

Por Regina del Río 



Cada vez que se habla en los medios de la “estrecha colaboración entre el sector público y el sector privado”, el ciudadano común (o sea la mayoría de los habitantes de un país) debería ponerse a temblar.


Porque de lo que se trata casi siempre no es de la contribución de dos sectores para mejorar la nación, sino del compinche (para hacer negocios) entre un grupo de políticos y un grupo de empresarios, que probablemente se conocen de toda la vida. Y si no se conocían, pues que estuvieron muy dispuestos a convertirse en “amigos”.


Unos ponen el poder para legislar “a favor” y el dinero de los contribuyentes. Los otros, las ideas y los equipos. Combinación perfecta que garantiza el éxito de la “colaboración” y que saca del escenario al que no “le llega” a la amistad.


Esto se llama “capitalismo de amiguetes” y no es más que una competencia desleal hacia otros empresarios. Porque envuelve también que desde el poder, el político favorezca a su “socio”, librándolo de competir con otros a través de subvenciones y privilegios.


Todo esto en detrimento del pueblo.


El Premio Nobel de Economía, Paul Krugman, reconoció que este tipo de “asociación colaboradora” fue responsable de la gran crisis asiática a finales de los 90. Y eso que es un economista que confía mucho en la intervención estatal.


En República Dominicana tenemos dos recientes casos que han hecho mucho ruido: sector público y privado “unidos” para dejarle a la comunidad una cárcel y una carretera. Ambos proyectos fueron aprobados, a un costo inconcebible, por el poder de turno. Ambos fueron ejecutados en lo que de verdad costaron, y la enorme diferencia, parece que se la repartieron entre los unos y los otros.


Da igual si se confirma o no, da igual si se castigan o no los implicados. Porque al final, al contribuyente no le quedará más remedio que pagar de su bolsillo el vergonzoso desperdicio.


La única colaboración honesta que el sector público debería ofrecerle al privado (es decir, a todos los ciudadanos comunes) sería dejarlos trabajar en paz y bajarles los impuestos y las tantas otras cargas que los asfixian diariamente.


Cualquier otra “pretensión de ayudarlos”, en sociedad con otros, no es más que un pretexto sospechoso. Debería estar prohibida y no estarse vendiendo y aplaudiendo como la gran cosa.


La autora es economista y empresaria

Mercado vs intervención

Por Regina del Río



La sociedad puede organizarse de dos maneras: desde la libertad, dejando a sus ciudadanos interactuar entre sí (dentro de cierto orden y respeto) o desde la coerción, cuando el gobierno interviene en cada uno de sus actos.


En el escenario de la libertad, el pescador sale a pescar, y una vez en el puerto vende a los que pasen por ahí al precio acordado entre ambas partes. En el segundo escenario, lo espera un inspector (ese que previamente le ha dado “el permiso” para poder pescar, y que le dice a qué precio puede vender), y una vez finalizada la jornada, se lleva la mitad de lo que hizo. Aunque una buena parte no se vendiera y se echara a la basura.


Otro ejemplo sería como sigue: alguien monta un taller, pero bebe todas las noches, y al otro día llega tarde (o no llega). Los clientes se desencantan y no vuelven. En el escenario de la libertad, el taller quiebra. En el de la coerción, si el hombre es hermano de un funcionario, le mandan los carros de las oficinas públicas. Da igual que se tarde mucho en repararlos, porque está encompinchado con el poder de turno y como quiera tendrá una clientela asegurada.


Ambos casos ilustran la diferencia fundamental entre libre mercado e intervención. En ambas situaciones hay desigualdad, solo que en libertad la desigualdad se basa en las diferencias de talentos y esfuerzos, y bajo la intervención se basa en favoritismos y abusos de poder.


No hay que ser un genio para identificar como más justo y sensato lo primero sobre lo segundo.


No obstante, la retórica políticamente correcta, desde un pedestal moralista, se ha empeñado en vender la idea de que el mercado libre es el gran enemigo al que hay que combatir. Alegando que le falta compasión y solidaridad, y que es cruel y excluyente. Que si nos dejan libres estamos abandonados…a la merced de explotadores. Que solo si interviene la política, gozamos de protección y seguridad. Y que la democracia no está segura si el pueblo tolera el crecimiento del poder privado por encima del Estado.


Como si ser libres fuera peor que la coerción. Como si un empresario (el que sea) pudiese obligar a un consumidor a pagar los productos que vende. ¿Ese es el poder que aterra? ¿Un poder que debe seducir, convencer a su cliente? ¿A diferencia del poder político, que obliga a pagar o te mete preso?


Ante los empresarios podemos elegir no pagar…ante los políticos, no. A ver qué oficina pública te devuelve tu dinero si no quedas conforme. A ver si puedes optar por no pagar un permiso al Estado para poder ganarte tu sustento (encima te topas con el funcionario que además de vivir de tus impuestos te sugiere que le des algo extra para que lo tuyo camine). ¿Alguna vez has tenido que hacer esto en un supermercado, para poder pagar tu compra?


¡Claro que no! Pero el discurso sigue insistiendo en que estaríamos mejor bajo la coerción. Y muchos, genuinamente, creen que es así.


La autora es economista y empresaria

Ideología de género

 


Por Regina del Río


La ideología de género es un sistema que considera que el sexo no es una cuestión biológica, sino una construcción cultural. 


Esto es, no naces ni varón ni hembra. Naces nada. Y con el tiempo vas decidiendo ser “lo que sientes que eres” (los hay incluso que admiten que se pueda un día sentirse hombre, otro día mujer, y otro día una niña de 5 años atrapada en un viejo de 70, y por tanto hay que permitirle ir al parque a jugar con sus “iguales”).


Cualquiera con dos dedos de frente diría: ¡y esta tontería. Esto es totalmente irracional!


Pero es mejor callarse. 


Porque por absurdo que parezca, la ideología de género se ha ido filtrando de manera muy exitosa en todos los ámbitos (incluyendo las iglesias), con tan buena prensa y propaganda que ha logrado silenciar aplastantemente cualquier voz disidente. 


Estas son algunas de las cosas que pretenden sus abanderados:


-Hacernos creer que los órganos sexuales como tales no existen. Y que la heterosexualidad es una tecnología social opresora de la mujer.


-Que se borren de la cédula las opciones varón y hembra.


-Que no exista el matrimonio ni familia nuclear.


-Que se promuevan las prácticas sexuales no vinculadas al romanticismo.


-Que se persiga y condene a cualquier psiquiatra o terapista que trate de impedir los cambios de sexo.


-Que se modifique el sistema educativo para enseñar la ideología de género a niños, adolescentes y universitarios.


A través de la cuota de poder que ya tienen en el espacio político...mucho de esto se está logrando.


En su libro “Un mundo que cambia”, el Historiador César Vidal advierte sobre el peligro para la libertad e integridad del individuo de este adoctrinamiento colectivo. Que insiste en que hombres y mujeres se odien, que se burla de la ilusión romántica y le quita valor a la familia (¿y dónde se refugiará la gente en sus momentos más difíciles?), y que promueve los cambios de género sin tomar en cuenta los traumas psicológicos e inclinaciones suicidas que pudiesen provocar.


Lamentablemente al gran colectivo de cerebros lavados no le interesa hacerle caso.


La autora es economista y empresaria

jueves, 10 de febrero de 2022

Estado Mínimo



Por Regina del Río


El padre de la economía, Adam Smith, entendía que la verdadera fuente de riqueza de un país era el trabajo de sus ciudadanos. Y que la misión de los gobernantes era promoverlos y no fastidiarlos. Dejarlos funcionar en paz.


Así también lo entienden los economistas libertarios. Que el Estado debe existir, pero reducido a una mínima expresión. Que su rol debe limitarse a garantizar que esos ciudadanos puedan interactuar en libertad, sin atropellar ni abusar de nadie. Y que para ofrecerles ese ambiente de orden y respeto a la ley, tiene derecho a cobrarles “algo” en forma de impuestos.


El problema es que se ha creído que el Estado está para otras cosas: educar a la gente, sanar enfermos, suplir la electricidad, controlar los precios en los supermercados, quitarle a los ricos para que no sean tan ricos y así fomentar la igualdad, repartir regalos en Navidad y por el Día de las Madres, tener empresas, proteger tortugas, vigilar que los hombres no les peguen a sus mujeres, asistir a los discapacitados, producir películas y obras teatrales, organizar exposiciones artísticas...


Y esta creencia se basa en la convicción de que los ciudadanos tienen dereho a recibir cosas sin pagarlas, y en la ilusión engañosa de que cuando el Estado las da, salen gratis. Pero gratis, nada... Las pagan esos mismos ciudadanos, pero de forma disfrazada. Cuando compran gasolina, comida...insumos.


Los políticos han visto la gloria con esta ingenuidad. Porque les ha dado el pretexto perfecto para cobrar más impuestos, endeudar al país y manejar más dinero y poder.


Entonces llega el momento en que las cargas para financiar “tanto anhelo” 

son tan grandes que a los ciudadanos no les queda más remedio que tratar de librarse de ellas buscando el privilegio de esos políticos, adulándolos o haciéndolos sus socios. Los que lo logran terminan compitiendo deslealmente con los que no.


A esto se le llama “clientelismo”. Y junto al atropello tributario y otros abusos, es lo que ocurre cuando se le permite al Estado crecer e intervenir en tantas áreas. 


Todo esto va  desmotivando y espantando al ciudadano emprendedor y disminuyendo la creación de empleos productivos. Hasta que llega el momento en que el sistema se hace insostenible, porque no hay de dónde más sacar, y solo queda una masa empobrecida y un grupo de gobernantes y compinches con un inmenso poder.


No hay que comenzar como una dictadura para llegar a ese final. Se empieza en democracia, pidiéndole al Estado que meta sus narices en todo. 


La autora es economista y empresaria 

El gran pretexto



Por Regina del Río


La idea de justicia ha cambiado a través del tiempo, con el gran respaldo de la opinión pública. Ya no se trata de “igualdad de todos ante la ley”, sino de proteger al débil frente al fuerte: a la mujer frente al hombre, al empleado frente al empresario, al negro frente al blanco.


Y todo esto se ha traducido, no en proteger realmente al débil…sino en aumentar el poder del más fuerte de todos: el Estado.


Un Estado que, con el pretexto de reclamar los derechos de esos débiles, se ha dado el permiso de tergiversarlos. 


Y ya no se trata del derecho de todos los ciudadanos a contratar libremente a un empleado, sino de la obligación que les impone el Gobierno de hacerlo bajo sus designios (con tal salario, tal horario, tal permiso por maternidad, tal cesantía, tanto de vacaciones y doble sueldo…). En muchos lugares ya debes contratar, no en base a la productividad potencial de una persona, sino porque es obligado cumplir con una cuota de mujeres, gays o gente de color.


Tampoco se trata del derecho de todos a comprar y vender libremente una vivienda, sino del derecho de unos a tenerla sin pagarla (obligando a otros a financiar ese derecho con el sudor de su frente) o de alquilarla sin salirse de ahí jamás.


En fin, un Estado que con ese pretexto se ha dedicado a violentarles sus derechos  a otros y coartarles su libertad. Y con ese mismo pretexto se ha permitido también crecer sin medida a través de instituciones “samaritanas” y cargos “solidarios”, deficits “sociales” y deuda “pública” (que por supuesto debe pagar el sector privado).


Subyacente a todo esto está la creencia de que dejarnos libres es malo…porque somos despiadados y crueles entre nosotros. Y como no se nos puede dejar por nuestra cuenta, el Estado debe vigilarnos y regularnos.


Como si los hombres que conforman ese Estado fuesen distintos…más humanos, más confiables, más honestos a la hora de manejar recursos y transacciones económicas. ¡Como no!.


La autora es economista y empresaria

Pinceladas sobre el futuro


Por Regina del Río 


En su libro Sálvese quien pueda, Andrés Oppenheimer nos describe  como será nuestra vida en el futuro inmediato, ante el acelerado ritmo de los avances tecnológicos.


Llegarás a un restaurante o un hotel…y te recibirá un robot…de lo más simpático. Los camareros y hasta el cocinero también serán robots. Total…para qué necesitas que un camarero humano te cuente su vida…si no es tu amigo.


Con una foto del celular sabrás si esa mancha en el brazo es cancerígena o no, y qué hacer en el caso de que lo sea. Y desde el mismo celular podrás divorciarte, alquilar una propiedad o hacer un acta de defunción. El abogado ya no figurará para trámites rutinarios.


Tendrás un censor en tu cuerpo, que permanentemente estará evaluando tu presión, tu pulso y tu oxigenación. Y te informará que “pasado mañana” te dará un infarto.


En las escuelas te dará clase un robot, con muha más capacidad que el humano para almacenar información, y que no se desespera si tiene que explicarle 20 veces la misma cosa al bruto. Los profesores humanos ya no estarán para la educación académica, sino para enseñar a ser empáticos, a tener paciencia, a reinventarse ante los cambios, a manejar el fracaso…


Los vehículos se conducirán automáticamente sin necesidad de un chofer. Y como la inteligencia artificial no bebe, ni pelea con la novia, ni rompe leyes de tránsito…los accidentes serán prácticamente inexistentes.


Así como ya existe el uber para transportarnos, habrá una especie de uber para  acompañar a los envejecientes. Lo contratas por una o dos horas, y solicitas de antemano los temas de los que quieres conversar o si simplemente quieres que te lleve al parque. Mucho más efectivo que esperar a que al hijo le dé la gana de pasar a visitar…o que compartir con el único amigo que te queda, que está sordo o senil. 


Con tanta ayuda tecnológica en las diferentes tareas, tendrás tanto tiempo libre que vivirás (si tienes con qué obviamente) como un verdadero aristócrata: tratando de llenar las tantas horas de ocio con mucho entretenimiento y diversión. Como nunca antes en la historia serán necesarios los eventos deportivos y artísticos, los guías espirituales, los entrenadores físicos y los profesores de idiomas, literatura, arte, música…


A la guerra no irán soldados humanos, sino drones teledirigidos. Y será común convivir con humanoides con extremidades biónicas, que superarán con creces el desempeño de las verdaderas. La real bendición para el que sufre de artritis y reuma.


No tendrás que escribir sobre el tablero de tu computadora. Ella te leerå la mente y hará lo que le ordenes.


Y el sistema cibernético conocerá absolutamente todo sobre tu vida: tus gustos, tu forma de pensar, tus desplazamientos geográficos. La privacidad y el misterio serán cosas del pasado.


Nada de esto es ficción aunque lo parezca. Será interesante saber si todos estos cambios en nuestra forma de vivir nos harán más felices o menos. Más humanos o menos. Más valiosos como especie…o totalmente descartables…caminando a paso firme hacia la extinción.


Ya lo sabremos…más pronto que tarde.


La autora es economista y empresaria 

Sálvese quien pueda

Por Regina del Río



En su último libro, publicado en el 2019, el periodista Andrés Oppenheimer presenta sus conclusiones sobre una investigación que hizo: el impacto de la inteligencia artificial y robótica en el empleo de la gente.


Oppenheimer decide realizar esta investigación después de alarmarse ante el pronóstico de la Universidad de Oxford: el 47 pc de los empleos en Estados Unidos serían sustituidos por computadoras y robots en los próximos 15 años.


Entonces sale a viajar por el mundo, a observar la realidad de países más avanzados tecnológicamente (Japón fue su primera visita) y a conversar con expertos.


Entre sus principales constataciones se destacan las siguientes:


  • Las nuevas tecnologías no solo están reemplazando empleos autómatas que no requieren de mucha preparación académica (como cajeras de supermercados), si no que se están extendiendo con gran rapidez a labores más sofisticadas. Ya existen robots ejerciendo de camareros, recepcionistas (programados para siempre estar de buen humor), conserjes en los hoteles, profesores y cocineros. Hasta hubo uno que se candidateó para diputado en una localidad de Tokio (obteniendo 4000 votos). Y existen también aplicaciones que prestan a la perfección servicios contables, legales y hasta médicos…(un diagnóstico lo hacen con mayor precisión que el profesional más estudiado).
  • Algunos científicos pronostican que ya para el 2045, la inteligencia artificial superará a la humana. Los robots serán abogados y hasta jueces (mucho más imparciales que los humanos) y los soldados, humanoides biónicos.
  • La tecnología está creciendo mucho más rápido que el empleo. Y eso que ocurrīa durante la Revolución Industrial, que los empleos que se destruían se reemplazaban con creces…no está sucediendo ahora.
  • Al mismo tiempo que se van destruyendo millones de empleos, se está instalando un grave malestar social. No solo por la angustia económica, sino por la falta de sentido y propósito: “no eres necesario…todo lo que podrías aportar es inservible ya que la máquina lo hace mejor que tú”. Y a este malestar lo acompañan obviamente la depresión, la drogadicción y el alcoholismo (los psicólogos y guīas espirituales no darán a basto).
  • La sociedad se va dividiendo en tres grupos: una élite tecnológica en la cúspide (cada vez más rica y poderosa), un grupo que le prestará servicios a esa élite (“personal trainers”, profesores de baile y de piano, guías de meditación…) y una gran mayoría (incluso de gente “muy preparada”) que estaría literalmente sobrando en el sistema. Y conformando un enorme ejército de parias (o “clase inútil” como la llama el historiador Yuval Noah Harari).
  • Con el tiempo cabe la posibilidad de que la gente logre reinventarse y canalizar sus energías en las àreas donde la tecnología no pudiese competir con ella. Pero esto no ocurrirá por ahora. El panorama es sombrío en el corto y mediano plazo.


Con razón el libro se titula “Sálvese quien pueda”.


La autora es economista y empresaria 

miércoles, 9 de febrero de 2022

El peligroso término medio


Por Regina del Rio 


Desde hace décadas, y en la mayoría de los escenarios políticos de Latinoamérica, predominan las palabras consenso, término medio, centro... Resulta más elegante y menos conflictivo decir: estoy en el centro...y así no se queda ni como comunista, ni como ultra derechista, ni como fanático, ni como radical. 


El problema es que son términos que disfrazan la cobardía de los que no quieren asumir con firmeza ninguna posición. Y de centro en centro, de consenso en consenso...nos hemos ido quedando con una tibieza inservible.


Podemos respetar a Aristóteles cuando nos invita al “justo medio”, en lo que respecta a nuestra vida personal. A ser moderados entre temerarios y cobardes, por ejemplo. Pero en política, el tema es distinto. Porque no son extremos igualmente reprobables el comunismo y el capitalismo, ni traen las mismas consecuencias para un país.


Los votantes merecemos saber qué tipo de gobierno tenemos. Porque no existe forma de desarrollar un proyecto de nación desde la tibieza de un término medio que complace a todos y sigue la moda. No puedes tener un gobierno socialista disfrazado de conservador ni viceversa.


El Gobierno de ahora en República Dominicana, ¿qué es finalmente?


¿Es un gobierno socialista, partidario de incrementar gasto público, deuda, impuestos, y el tamaño del Estado? Hasta ahora, que se sepa, sigue siendo miembro del Foro de Sao Paulo, que entiende que la dictadura venezolana es lo que hay que imitar...


¿O es un gobierno pro libre mercado que quiere incentivar la creación de riqueza de la única manera que existe: facilitándole la tarea a los emprendedores, reduciendo cargas e impuestos y eliminando el desperdicio de recursos en botellas e instituciones burocráticas?


Sería bueno que lo definiesen. No vaya a ser que a fuerza de evitar enfrentamientos enérgicos, y de no ser “ni fríos ni calientes”...terminen como Macri. Devolviéndole el poder a los firmes. Y  hundiendo de nuevo a Argentina en su nefasto pasado.


La autora es economista y empresaria 

Thomas Sowell


Por Regina del Río 


Thomas Sowell nació en Carolina del Norte (su padre murió antes de su nacimiento y su madre era una sirvienta que ya tenía 4 hijos). Se crió en Harlem, entre familiares muy pobres y sin educación académica.


A pesar de estos orígenes, Sowell se graduó de Economía en la Universidad de Harvard y obtuvo un doctorado en la Universidad de Chicago. Ha sido profesor en otras prestigiosas universidades (y miembro distinguido del Hoover Institute de Standford University) y es el autor de más de 30 libros donde presenta un enfoque conservador y libertario en sus análisis. También sirvió a su patria como marine en la guerra con Corea.


Cuenta en una de sus entrevistas que un vecino fue su “salvador”. Porque le prestó un libro a la edad de 8 años y le enseñó a utilizar la Biblioteca pública.


En su juventud se indignaba ante la gran desigualdad entre su entorno y los barrios acaudalados de Manhattan, y se volvió comunista.


Hasta que le tocó trabajar en el gobierno…


Entonces, al toparse con la mediocridad de los burócratas (acomodados a un salario sin aportar gran cosa y a no pagar ningún precio por decisiones erróneas) se dio cuenta de que intentar implementar las ideas de izquierda a través de la planificación estatal no era más que una utopía.


Le bastó observar la realidad y usar el sentido común para descartar el comunismo como una solución factible, y convertirse en un abanderado del libre mercado.


Estas son algunas de sus frases más célebres:


  • “No es posible convencer a un funcionario de que aumentar el salario mínimo provoca más desempleo. Al funcionario no le interesa que el desempleo baje, sino que el gobierno le aumente su paga”.
  • “Por mucho que los de izquierda dicen tener compasión, no tienen compasión por el contribuyente”.
  • “Los políticos no están tratando de resolver tus problemas, están tratando de resolver sus problemas”. (Obviamente con tu dinero).
  • “El gobierno no pide que pagues impuestos. Te lo ordena. Es la diferencia entre hacer el amor y ser violado”.
  • “Los pobres no son mascotas que merecen un trato especial sino seres humanos con dignidad y capacidad de salir adelante”. (Sowell no cree en asistencialismos ni subsidios, ni está de acuerdo con que se victimicen las minorías para darles un trato privilegiado).


En 1969 impartía clases en la Universidad de Cornell, y un grupo de estudiantes negros tomó posesión de Willard Straight Hall. Treinta años después los definió como matones, con serios problemas académicos, a los que nunca se les debió haber permitido la entrada a la universidad. También señaló que en los 4 años que estuvo allí como docente jamás evidenció el tan cacareado “racismo en cada rincón”, que justificó el desorden.


El Profesor Sowell ya tiene 92 años y está retirado. Ahora se dedica a tirar fotos en lugares paradisíacos. 


En el ambiente académico de hoy, inundado por las boberías progresistas, este brillante pensador hubiese estorbado bastante. Sin duda alguna, es un grande de nuestro tiempo. Y también una especie en extinción.


La autora es economista y empresaria