viernes, 20 de agosto de 2021

Peligrosa colaboración


Por Regina del Río 


Cada vez que se habla en los medios de la “estrecha colaboración entre el sector público y el sector privado”, el ciudadano común (o sea la mayoría de los habitantes de un país) debería ponerse a temblar.


Porque de lo que se trata casi siempre no es de la contribución de dos sectores para mejorar la nación, sino del compinche (para hacer negocios) entre un grupo de políticos y un grupo de empresarios, que probablemente se conocen de toda la vida. Y si no se conocían, pues que estuvieron muy dispuestos a convertirse en “amigos”.


Unos ponen el poder para legislar “a favor” y el dinero de los contribuyentes. Los otros, las ideas y los equipos. Combinación perfecta que garantiza el éxito de la “colaboración” y que saca del escenario al que no “le llega” a la amistad.


Esto se llama “capitalismo de amiguetes” y no es más que una competencia desleal hacia otros empresarios. Porque envuelve también que desde el poder, el político favorezca a su “socio”, librándolo de competir con otros a través de subvenciones y privilegios.


Todo esto en detrimento del pueblo.


El Premio Nobel de Economía, Paul Krugman, reconoció que este tipo de “asociación colaboradora” fue responsable de la gran crisis asiática a finales de los 90. Y eso que es un economista que confía mucho en la intervención estatal.


En República Dominicana tenemos dos recientes casos que han hecho mucho ruido: sector público y privado “unidos” para dejarle a la comunidad una cárcel y una carretera. Ambos proyectos fueron aprobados, a un costo inconcebible, por el poder de turno. Ambos fueron ejecutados en lo que de verdad costaron, y la enorme diferencia, parece que se la repartieron entre los unos y los otros.


Da igual si se confirma o no, da igual si se castigan o no los implicados. Porque al final, al contribuyente no le quedará más remedio que pagar de su bolsillo el vergonzoso desperdicio.


La única colaboración honesta que el sector público debería ofrecerle al privado (es decir, a todos los ciudadanos comunes) sería dejarlos trabajar en paz y bajarles los impuestos y las tantas otras cargas que los asfixian diariamente.


Cualquier otra “pretensión de ayudarlos”, en sociedad con otros, no es más que un pretexto sospechoso. Debería estar prohibida y no estarse vendiendo y aplaudiendo como la gran cosa.


La autora es economista y empresaria

miércoles, 11 de agosto de 2021

Educación privada para pobres

 


Por Regina del Río 


En uno de sus “Panfletos Liberales”, el brillante economista y catedrático Carlos Rodríguez Braun, menciona un estudio de la Universidad de Newcastle sobre las escuelas privadas “low cost”  y su contribución a la educación en países subdesarrollados.


El estudio da cuenta de la proliferación de estas escuelas en países como Pakistán e India, y señalaba que en algunas zonas la mitad de niños pertenecientes a hogares que ganaban un dólar por día, optaban por este tipo de educación. Incluso teniendo la posibilidad de asistir gratuitamente a la escuela pública. Y que algo parecido estaba ocurriendo en algunos países de Africa.


El sector privado no solo está ayudando a los más necesitados incursionando en este tipo de escuelas y dando becas, sino que está ofreciendo una mejor calidad de lo que ofrece el sector público. 


Al aplicar estrategias de mercado en la contratación de los profesores, puja por la selección de los mejores y expulsa a los mediocres y menos interesados. Esto no pasa en las públicas porque se impone el criterio político y la sindicalización de los maestros.


Muchas de estas escuelas enseñan además en inglés, y esto es muy valorado por las familias.


Los políticos no quieren que esto se reconozca. Sería admitir que ni para eso se justifica su existencia. Insisten en que lo mejor es la intervención pública, porque la educación privada es solo para ricos y no está “planificada” ni es “igualitaria”. Pero todo esto es falso y la prueba la dan los mismos pobres que prefieren pagar con tal de no recibir lo que consideran de peor calidad por parte del gobierno.


En República Dominicana harían lo mismo. Incluso de hecho lo hacen desde que tienen la oportunidad. Porque no son idiotas. Y saben perfectamente que por más planteles escolares e inauguraciones sonoras que les mercadean, lo que reciben como educación es vergonzosamente malo.


La autora es economista y empresaria

Propuestas económicas que gustan

Por Regina del Rio


Existe un conjunto de propuestas económicas que gustan mucho a la prensa progresista, porque están basadas en la buena intención de lograr un mundo menos desigual y más justo.


Lamentablemente no funcionan. Algunas son:


-Contrarrestar los efectos del malvado capitalismo, que no hace más que beneficiar a un grupo de multimillonarios y aumentar la desigualdad. Y hacerlo a través de impuestos, más impuestos y más gasto social.


Cualquiera lo cree. Pero la verdad es que los que así propugnan, no quieren realmente acabar con el capitalismo, sino coger una tajada de sus beneficios, sin haber arriesgado nada. Y así vemos tantos funcionarios disfrutando una vida de lujos que jamás imaginaron, al haber expropiado el fruto de su esfuerzo económico a otros, con el pretexto de dárselo a los menos favorecidos.


-Controlar los precios de ciertos productos, porque son esenciales para el consumo elemental de una familia.



Esto revela un profundo desconocimiento del funcionamiento de la economía. Significa que se cree que un presidente o una ley, con una varita mágica, pudiese dictar a como deben venderse las cosas.


El precio revela el costo de la elaboración de una mercancía. A partir del momento que se obliga a vender por debajo de ese costo (por muy justo que sea para las familias pobres) lo que se provoca es que se deje de producir.


-Aumentar el salario mínimo, para beneficiar a los más vulnerables.


Esto no hace más que ignorar el papel que juega la motivación y el incentivo en la creación de riqueza y prosperidad. Lo primero que hace un empresario cuando se le aumentan sus cargas es subir el precio de lo que vende (y la mayoría no solo le vende a ricos, sino a pobres). Y cuando un empleado le sale muy costoso, lo sustuirá por tecnología. A ese empleado le será difícil encontrar otro trabajo, porque otros empresarios estarán enfrentando la misma situación.


Todas estas son medidas que van en detrimento de lo que pretendían favorecer. No obstante, y a pesar de la evidencia de que no sirven, se sigue insistiendo en implentarlas. Porque es mucho más difícil explicar por qué no funcionan, que mercadear el cliché demagógico que las sustenta.


La autora es economista y empresaria

Sobre subvenciones

 


Por Regina del Río


Una subvención es un dinero que el Estado entrega a un particular o a un grupo de empresas, sin que tengan la obligación de devolverlo.


A lo largo de la historia, y con diferentes pretextos (ayudar a industrias incipientes, preservar empleos por orgullo patriótico o evitar huelgas rabiosas), se han subvencionado muchos sectores en distintos países.


Al principio, les va muy bien a los subsidiados. Pero a la larga, su destino los atrapa.

La subvención les enmascara una realidad: lo que hacen, otros lo hacen mejor. Entonces como están “ayudados”, se acomodan en su ineficiencia y no modifican sus prácticas. Cuando la subvención se convierte en una carga demasiado alta para el gobierno y se la quitan, ya han perdido demasiado tiempo.


Lo contrario también ocurre. Que les va injustamente bien, porque crean un vínculo mafioso e inquebrantable con los políticos que dan la ayuda . Es el caso del programa agrícola en Europa, que mueve más de 60 mil millones de dólares.


El negocio (para oligarcas agrícolas y politicos) está en mantener el subsidio a toda costa, y no en producir con eficiencia. Mientras tanto, los consumidores europeos pagan los precios más altos del mundo por sus alimentos.


Muchos dicen que si se quita la subvención se pierden empleos. Pero la subvención nunca crea empleos realmente, porque se financia con el dinero de los contribuyentes. Para sustentarla, esos contribuyentes han dejado de gastar ese dinero en lo que quieren, y los empleos que generaría esa decisión dejaron de crearse. 


La subvención viola de este modo el derecho fundamental de la gente a gastar su dinero como le plazca. Y beneficia el mantenimiento de empleos que no deberían de existir en detrimento de los que son de verdad necesarios.


Es como cuando se ayuda desde el Ministerio de Cultura a un cantante local porque no le va bien. Se quita dinero al resto de los dominicanos (que no quieren oírlo y por eso no pagan por verlo) y se les priva de usar ese dinero para oir al que realmente les gusta.


Para colmo, el cantante terminará agradeciendo al Ministro en su concierto, y no a la sacrificada audiencia. Que es quien realmente le paga. Y se lo traga.


La autora es economista y empresaria

Mis deseos para Luis Abinader


Por Regina del Río 


La República Dominicana merecía un cambio. Luchó por ese cambio (con la ayuda incontestable de una juventud indignada y patriota) y logró que en las pasadas elecciones el economista y empresario Luis Abinader Corona fuera electo Presidente.


Su elección nos trae una luz de esperanza, una bomba de oxígeno, en un panorama desconcertante y difícil, no solo por la histeria colectiva ante la pandemia que nos afecta, sino por las nefastas consecuencias económicas que nos comienzan desde ya a castigar por el manejo desacertado de la misma.


Como dominicana que sueña con un futuro próspero, que además aprecia mucho en lo personal al Señor Abinader y a su bella familia, me permito expresar algunos deseos:


-Que logre cambiar el sistema, y no solo sustituir las caras


-Que cuente con el apoyo internacional para honrar los reclamos de justicia, y lo logre con prudencia y sensatez, y no como lo exigen tantos fanáticos alocados


-Que reduzca impuestos y cargas burocráticas, porque es lo único que verdaderamente motiva la iniciativa empresarial


-Que reduzca el tamaño del Estado, eliminando instituciones inservibles que no son más que fuente de desperdicio de recursos, como el Ministerio de la Mujer, Ministerio de la Juventud, Ministerio de Cultura (que antes era una simple dependencia del Ministerio de Educación), Pro Competencia, Pro Competitividad, y tantos otros inventos


-Que entienda que la asistencia social jamás ha sacado a nadie de la pobreza (y tampoco sirve para ganar votos, como lo demostraron las pasadas elecciones)


-Que no aumente el gasto ni la deuda, porque esto no genera prosperidad, y nos empobrece en el futuro, digan lo que digan los keynesianos socialistoides, aunque sean “Premio Nobel” o se hayan graduado en “Harvard”


-Que lo peor que se le puede hacer a un ser humano es darle una botella porque, aunque vaya a trabajar y cumpla un horario, no deja de ser un cargo innecesario que le confunde su panorama profesional. Al final su destino lo atrapa, como a la mayoría de esos que se irán a sus casas en agosto sin saber producir.


-Que sepa detectar a los aduladores y los aleje. Son una plaga peor que el coronavirus.


Muchas felicidades, Señor Presidente. Su buen desempeño será el éxito de toda nuestra nación.


La autora es economista y empresaria 

Merezco una vivienda

 


Por Regina del Río


Todos deberíamos tener una vivienda digna. Sería muy bonito.


Primero habría que definir concretamente qué es eso de vivienda digna. Porque las posibilidades van desde un simple techo donde no se moje uno cuando llueva, a exigencias de tantos metros cuadrados, televisión, agua caliente y electricidad...


Sean cuales sean sus características, ninguna vivienda cae del cielo. Entonces es aquí donde cabe preguntarse:


Si todos merecemos una vivienda por haber venido a este mundo, ¿es obligación de quién proporcionárnosla? ¿Quién debe pagarla? ¿Qué implicaciones concretas tiene este derecho? ¿Significa acaso que si alguien tiene una segunda propiedad, que usa poco, el Estado debe quitársela para que un sin techo viva ahi? ¿Y el derecho del propietario dónde queda? 


Hablar de derechos suena hermoso, bien intencionado, justo... Pero a la hora de proponer soluciones, todo el mundo es mudo o usurpador.


Después del ciclón David en República Dominicana, muchos refugiados se alojaron en propiedades abandonadas del dictador Trujillo en San Cristóbal. Y pasaron muchos años ahí metidos sin que aquello pudiese calificarse de vivienda digna.


Y en Caracas, Chávez expropió un edificio a sus dueños para dárselo a familias que vivían en favelas, y esas familias no pudieron suplirlo con agua potable ni electricidad, y terminaron tirando los excrementos desde sus balcones.


Ni regalándoles un inmueble, lograron vivir dignamente.


El tema de los derechos en general debería ser tratado con más sensatez y menos demagogia. Porque jamás se oye a nadie mencionar la responsabilidad que conlleva venir a este mundo (¿qué hace una pareja sin techo teniendo hijos?). Tampoco se insiste en el control de la natalidad ni se considera la injusticia de que muchos que luchan día a día para vivir tengan que pagar por un ejército creciente de gente que no produce lo suficiente.


El mensaje que manda el discurso político basado en derechos es el siguiente: “Reprodúzcanse sin control, pues el Estado protector (con el dinero ajeno) les mantiene a sus muchachos y les garantiza vivienda y algo de educación y comida. No se mortifiquen, que los que que se han organizado para vivir con responsabilidad y sin pedir asistencia trabajarán para ustedes”.


La autora es economista y empresaria 

Esfuerzo inútil


 Por Regina del Río


Ni las leyes que los prohiben, ni los encarcelamientos, ni las expropiaciones de bienes, han logrado detener ni el consumo de drogas ni el lucrativo negocio que su comercialización genera. Así de inútiles fueron también los esfuerzos para prohibir el alcohol en su momento.


La prohibición de las drogas no solo constituye una violación al derecho de los individuos a decidir sobre cómo quieren vivir su vida, sino que incentiva (paradójicamente) lo que pretende erradicar.


Es la prohibición la que ha convertido en ricos y poderosos a desalmados traficantes. Porque la droga es cara (y buen negocio) no porque sea escasa, sino porque es ilegal. 


Al ser ilegal, es costoso y arriesgado producirla y transportarla. Y a mayor riesgo, mayor beneficio. Tanto dinero deja, que ha alcanzado para sobornar y enriquecer también a las autoridades de turno. Y como es tan atractivo el botín, si se apresan diez narcotraficantes, inmediatamente aparecen veinte dispuestos a jugársela.


Mientras el negocio crece y es cada día más lucrativo, los gobiernos desperdician miles de millones de dólares de los contribuyentes en una logística que solo logra interceptar el 30 pc de los embarques. Y en mantener a miles de presos.


La sociedad en su conjunto sufre las terribles consecuencia de este empeño inservible: violencia excesiva, crímenes de inocentes y formación de narcoestados. 


En medio de todo este panorama, queda un consumidor desprotegido, que no dejará de drogarse aunque tenga que robar o prostituirse, y a quien tantas veces se le venden sustancias adulteradas, mucho más peligrosas que si estuvieran reguladas.


La legalización reduciría el alto precio de la droga. Y disminuiría las sobredosis, los crímenes asociados a su comercialización y las vergonzosas alianzas con los gobernantes. Precisamente por eso, ni los narcos ni los políticos quieren que esto se dé. Se les acabaría el negocio. 


Irónicamente la Iglesia, al oponerse también a la legalización, los ayuda.


La autora es economista y empresaria