jueves, 1 de julio de 2021

Peor que la enfermedad

 


Por Regina del Río


A los economistas se nos enseña a pensar en términos de ventajas y desventajas (costos y beneficios) de las decisiones que se toman en la vida. Y tanto nos entrenan en esa técnica que hasta para asuntos que no tienen que ver con negocios ni dinero, la aplicamos.


Observando los acontecimientos actuales, leyendo por aquí y por allá, me voy a permitir analizarlos de la forma en que se me ha enseñado a pensar.


La pandemia que tanto nos afecta la provocaron los chinos. Y si bien no sabemos seguro que fuese adrede (con la finalidad de adueñarse del mundo), lo que sí sabemos es que ocultaron tiránicamente la información (hasta matando a los que se atrevieron a alertar), y esto lo agravó todo. Que conste en acta para los que todavía siguen creyendo en la “ayuda china”.


La República Dominicana está siendo afectada por dicha pandemia. Y a sus autoridades se les ocurre hacer un copy paste de lo que han hecho otros países. Pero no somos iguales. Somos muy pobres (aunque se nos haya querido convencer de lo contrario).


Imponen una cuarentena total a un país entero, pero el 70 pc o más no cuenta con los recursos para aguantarlo. Pienso que debió de ser focalizada a los enfermos y su entorno.


Luego dictan unas medidas “para compensar”, en una magistral estrategia compradora de votos, que solo eso hará: comprar votos y a Dios que reparta suerte después. Porque ¿qué pasará después?


Muchos empresarios estarán quebrados “después”. Y la mayoría no son esos grandes y poderosos magnates en la cúspide, muchos de ellos encompinchados con el poder de turno, sino pequeños y medianos comerciantes, artesanos, técnicos, gente común y corriente que necesita que se les deje trabajar en paz. Los van a quebrar si los obligan a pagar sin producir.


¿Y entonces? ¿Para dónde cogerán los asistidos cuando se acabe la ayudita? Y los mismos burócratas que viven de lo que producen esos empresarios y trabajadores, ¿de dónde sacarán lo suyo?


Al paso que vamos, los estragos económicos (y psicológicos, porque la histeria colectiva está jugando un rol estelar en todo esto) habrán destruido más vidas que esta plaga, que dicho sea de paso ha matado menos gente en lo que va de año que el resfriado común.


Pero el objetivo político se habrá logrado. ¡Eso sí!

   

La autora es economista y empresaria

Teología de la liberación


Por Regina del Río


La teología de la liberación es una corriente católica que surge en América Latina en la década de los 60. Se caracteriza por considerar que el Evangelio exige ocuparse primero de los pobres (porque son “la opción preferida de Dios”.)


Es un movimiento que simpatiza de manera evidente con el comunismo y con la izquierda radical. Al papa Francisco le encanta.


Según sus fundadores, si existe gente pobre es porque se la ha explotado muy injustamente, cometiéndose un pecado social muy grave. Solo a través de un compromiso de vida a favor de erradicar esa injusticia, es posible liberararse de ese gran pecado y alcanzar la salvación.


La principal vía para lograrlo es suprimiendo el  “excluyente” sistema capitalista, gran culpable de la explotación y la pobreza, y sustituirlo por un sistema colectivista.


Dan por supuesto que el sistema capitalista es el empobrecedor por excelencia, pero en ningún momento explican por qué, ni con argumentos racionales ni con ejemplos constatables . Ni se detienen a analizar tampoco si hay más justicia y bienestar en el mundo comunista, ni a cuestionarse por qué esos mismos pobres que pretenden defender arriesgan sus vidas para llegar al mundo capitalista y nunca al comunista...


En la década de los 70, los seguidores de la teología de la liberación, alentando el resentimiento social y la lucha de clases, promovieron los movimientos terroristas o guerrillas que tanto daño hicieron a Latinoamerica. 


Esta combinación aberrante de católicos y comunistas arrastró al fanatismo más violento a jóvenes ingenuos y sin capacidad de cuestionamiento (“Jesús era un revolucionario y si tú quieres seguirlo también debes serlo”, les decían). 


Envenenaron sus almas, los mandaron a matar en nombre de Dios (con fotos de Cristo con una metralleta en mano) y arruinaron sus vidas. Y de paso se llevaron de encuentro al pueblo llano, que nunca entendió ni pidió la espiral de violencia a la que fue sometido.


La autora es economista y empresaria

Conservadores y liberales

 


Por Regina del Río 


En su libro “Como hablar con un conservador”, la economista Gloria Álvarez nos ilustra de manera muy clara la diferencia entre conservadores y liberales:


  • A los conservadores no les gusta el cambio y tienden al nacionalismo. Los liberales lo consideran inevitable y confían en el orden espontáneo para ajustarse. Les entusiasman las nuevas ideas.


  • A los conservadores les gusta que la Iglesia o el Estado regule la moral de la sociedad. Para los liberales, creer que el Estado o la Iglesia (integrados por gente común y corriente) tienen superioridad moral, no es más que un invento fantasioso.


  • Los conservadores respetan la jerarquía tradicional, que no necesariamente tiene que ver con méritos, sino con abolengo. Los liberales respetan al que escala por sus aportes y esfuerzos, independientemente de sus orígenes.


  • Ni el conservador ni el liberal lo sabe todo. Pero el conservador no lo admite y quiere imponer sus creencias. 


Muchas veces existe confusión cuando se califica a la gente de liberal o conservadora, de izquierda o de derecha. Esto es así porque muchas personas son conservadoras en lo personal, pero partidarias de la libertad en el manejo económico. Lo contrario también se da.


Los de izquierda, por ejemplo, quieren que la gente sea libre para abortar, practicarse eutanasia, casarse con alguien del mismo sexo, consumir drogas... Sin embargo, propugnan por un Estado intervencionista, que planifique y dirija la vida de sus ciudadanos.


Luego los hay de derecha, que quieren una Iglesia que controle la moral y un Estado que proteja a la oligarquía dominante. Y otros, también de derecha, que quieren lo primero pero no lo segundo, porque son pro libre mercado.


Por último, estamos los libertarios. Que somos liberales en ambos mundos: vive como quieras, aunque tu estilo no vaya con el mío. Puedes drogarte, tener sexo con varias personas, irte de este mundo cuando ya no lo aguantes, ganarte la vida como prostituta...o comulgar todos los días en misa. Nadie tiene el derecho a decidirlo por ti, siempre y cuando pagues el precio y respetes la libertad de otros. 


Y en cuanto al Estado, que tenga un tamaño reducido, y se limite a garantizar el orden y el ambiente justo para que los individuos, interactuando libremente, cosechen según sus aportes.


Todo esto, es bueno aclararlo.


La autora es economista y empresaria

¿Paraíso socialdemócrata?


Por Regina del Río


Llevamos años escuchando que los países nórdicos (Suecia, Dinamarca, Finlandia...) son el modelo perfecto a imitar, por el nivel de bienestar que garantizan a sus ciudadanos.


Se da por un hecho que gracias a su sistema social demócrata (o sea, al socialismo), estos países se volvieron un verdadero paraíso, y regalan a sus ciudadanos educación y salud al más alto nivel, y protección en caso de desempleo o retiro.


Esa opinión generalizada pasa totalmente por alto dos realidades.


La primera es que ninguno de esos países (ninguno) se enriqueció bajo el modelo socialdemócrata, sino bajo el esquema capitalista, respetando la propiedad privada y los contratos voluntarios, e incentivando la libre empresa. 


Gracias a esa libertad económica, y a que los índices de corrupción son los más bajos del mundo (esta gente es honesta por tradición), se volvieron tan ricos que el Estado decidió darse el lujo de moverse a un sistema más igualitario y de bienestar. 


Lo pudo hacer porque tenía de donde sacar: obviamente de los bolsillos de esos enriquecidos (¿de dónde iba a ser si no?). Les aumentó los impuestos, los endeudó y aumentó el gasto social, logrando que sus ciudadanos se convirtieran efectivamente en los grandes privilegiados del mundo.


La segunda realidad es que la fiesta se les acabó. Y vino una profunda crisis. 


Suecia, por ejemplo, se vio enfrentando una situación de fuerte desaceleración, deudas insostenibles y productividad estancada en la década de los 90. Y no le quedó más remedio que echar para atrás la aparatosa intervención estatal e iniciar una serie de reformas que la han llevado a ser uno de los países más capitalistas del mundo. Privatizó empresas estatales (y parcialmente el sistema de pensiones), bajó su carga tributaria, eliminó impuestos a la herencia y donaciones y disminuyó el gasto.


La verdad que no se dice es que los países nórdicos han estado deshaciéndose del modelo que se pretende que admiremos.


Tanto es así que el primer ministro de Dinamarca reprendió indignado a Bernie Sanders: “A nosotros no nos ponga como ejemplo para las políticas que usted quiere implementar en su país, porque nosotros no somos socialistas”.


La autora es economista y empresaria ¿Paraíso socialdemócrata?

Por Regina del Río


Llevamos años escuchando que los países nórdicos (Suecia, Dinamarca, Finlandia...) son el modelo perfecto a imitar, por el nivel de bienestar que garantizan a sus ciudadanos.


Se da por un hecho que gracias a su sistema social demócrata (o sea, al socialismo), estos países se volvieron un verdadero paraíso, y regalan a sus ciudadanos educación y salud al más alto nivel, y protección en caso de desempleo o retiro.


Esa opinión generalizada pasa totalmente por alto dos realidades.


La primera es que ninguno de esos países (ninguno) se enriqueció bajo el modelo socialdemócrata, sino bajo el esquema capitalista, respetando la propiedad privada y los contratos voluntarios, e incentivando la libre empresa. 


Gracias a esa libertad económica, y a que los índices de corrupción son los más bajos del mundo (esta gente es honesta por tradición), se volvieron tan ricos que el Estado decidió darse el lujo de moverse a un sistema más igualitario y de bienestar. 


Lo pudo hacer porque tenía de donde sacar: obviamente de los bolsillos de esos enriquecidos (¿de dónde iba a ser si no?). Les aumentó los impuestos, los endeudó y aumentó el gasto social, logrando que sus ciudadanos se convirtieran efectivamente en los grandes privilegiados del mundo.


La segunda realidad es que la fiesta se les acabó. Y vino una profunda crisis. 


Suecia, por ejemplo, se vio enfrentando una situación de fuerte desaceleración, deudas insostenibles y productividad estancada en la década de los 90. Y no le quedó más remedio que echar para atrás la aparatosa intervención estatal e iniciar una serie de reformas que la han llevado a ser uno de los países más capitalistas del mundo. Privatizó empresas estatales (y parcialmente el sistema de pensiones), bajó su carga tributaria, eliminó impuestos a la herencia y donaciones y disminuyó el gasto.


La verdad que no se dice es que los países nórdicos han estado deshaciéndose del modelo que se pretende que admiremos.


Tanto es así que el primer ministro de Dinamarca reprendió indignado a Bernie Sanders: “A nosotros no nos ponga como ejemplo para las políticas que usted quiere implementar en su país, porque nosotros no somos socialistas”.


La autora es economista y empresaria