jueves, 1 de abril de 2021

Donald Trump

 


Por Regina del Río


Donald Trump es un personaje arrogante, mujeriego e imprudente. Como ser humano, comprendo que despierte rechazo. Como estratega y gobernante... ésa es otra historia. Porque está muy lejos de ser un “loco que llegó por casualidad”.


Antes que él, los Clinton y Obama desviaron a Estados Unidos de sus valores fundamentales, propulsando el socialismo, el asesinato de niños recién nacidos, el ferviente aplauso a travestidos, bisexuales y neosexuales, y el rechazo al cristianismo. 


Obama duplicó la deuda de Estados Unidos, hizo que cayera el índice de libertad, patrocinó con miles de millones de dólares la causa musulmana y se fue a Cuba a abrazar a los Castro.


Sirviendo a esta “nueva agenda”, se olvidaron del americano medio, ése que vive en el centro, que parece atrasado, pero que pertenece al grupo de trabajadores de tradición, leal a la familia y a la patria. A ése no puedes venir a mercadearle la ideología de género ni el aborto.


Se le llama despectivamente “basura blanca”, pero cree en el trabajo responsable y en el mérito propio y no le gusta mendigar asistencia.


Trump y sus asesores analizaron ese olvido (gran error) y lo capitalizaron a su favor. Y con su forma de decir las cosas le llegó a ese americano y ganó. 


Una vez en el poder se rodeó de expertos que están combatiendo a los nuevos demócratas marxistas, y aplicando las medidas que han debido de ser tomadas en tantos otros países para incentivar la expansión económica: reducciones significativas de impuestos, eliminación de trabas burocráticas y regulatorias, impedimento del Obamacare (que además de insostenible iba a dejar a la gente con menor cobertura y peor calidad)...


Y la economía mejoró tanto, que hasta el premio Nobel Paul Krugman tuvo que pedir excusas, porque vaticinó que no lo haría.


Trump es un fracaso solo en la cháchara permanente de los periodistas progresistas que no le bajan el guante ni reconocen sus logros tangibles. Y están tan rabiosos por el desempeño económico de sus medidas, que con tal de atacarlo, se atreverían incluso hasta decir que “Melania va mal vestida”. 


La autora es economista y empresaria

Arrogancia de economistas


Por Regina del Río


A los economistas se les suele sobrestimar: obtienen diplomas y aprenden a expresarse con elocuencia y seguridad. Y muchos han ganado premios importantes. Pero no es verdad que sepan tanto.


Ninguno puede predecir el futuro (ningún ser humano puede) Pero es precisamente para eso que se les suele contratar y escuchar. En el 2008 la reina de Inglaterra preguntó que cómo era posible que nadie hubiese visto venir la crisis. Y uno de sus asesores contestó: "sabíamos que vendría, solo que no sabíamos cuándo" (definitivamente un genio).


Del otro lado del Atlántico, catedráticos de Harvard insisten en que confiemos en el poder político y reclaman más intervención del Estado, como si no hubiese dejado de crecer, como si no estuviera integrado por los mismos individuos cuyas pasiones se tildan de injustas y codiciosas en otras esferas.


Se da también el caso de algunos premios Nobel que se escudan en su galardón para decir cosas absurdas.


Angus Deaton, por ejemplo, reconoció que la pobreza había disminuido en India, pero recomendó subir los impuestos y aumentar el gasto social para disminuir la desigualdad (o sea, que se elimine el estímulo gracias al cual esa pobreza ha disminuido). Y dijo que la clase media debería estar feliz siendo solidaria y pagando más impuestos (feliz aunque le quiten lo suyo, claro).


Está además Stiglitz, que dice que a los ricos les conviene el socialismo, para evitar que los pobres se lo quiten todo con una revolución comunista (como si hubiesen sido los pobres los que la llevaran a cabo alguna vez).


Y tenemos al muy leído Thomas Piketty, que se escandaliza porque un grupo haya amasado cuantiosas fortunas, sin explicar bien por qué esto es tan malo. Sin importarle si se logró gracias a ideas brillantes que mejoraron la vida de miles de personas con buenos empleos o productos innovadores.


Uno puede preguntarse: ¿cómo es posible que se valore tanto a los que así piensan? Pues simplemente porque todo lo que coquetea con el socialismo y huele a discurso redentor, goza del servilismo de intelectuales y artistas. ¡Y se aplaude con fervor!


La autora es economista y empresaria

El despreciable 1pc

Por Regina del Río



En uno de sus Panfletos liberales, el economista y catedrático Carlos Rodríguez Braun habla sobre el 1pc mas rico de la población mundial. Esa famosa lista de los riquísimos del mundo, que sale en muchas revistas y de la que todo el mundo se expresa de alguna forma. Con desprecio, con insultos, con envidia, con admiración...


La aparición de estas listas enciende el discurso de políticos e intelectuales que se indignan ante la desigualdad en el mundo: "No es justo que esta gente sea tan rica habiendo tanta miseria. Pongámosles más impuestos".


Rodríguez Braun le da la vuelta a como se intenta manipularnos al respecto, con algunos señalamientos importantes.


Primero, ese 1pc no es estático. Como esto nunca se menciona, quieren que creamos que esas personas son simples herederos de grandes fortunas. Una especie de dinastía sin mérito propio.


La realidad es que no son los mismos ricos que lo componen. Ningún Rockefeller, por ejemplo, figura ya en ese grupo. Tampoco los que solían pertenecer en el siglo XIX. Esto quiere decir que los ricos también se empobrecen.


Por otro lado, la mitad de la riqueza de esa lista ha sido creada de la nada en una generación. No hay tal cosa como esa dinastía de herederos buenos para nada. La mayoría de los que están ha logrado su fortuna gracias a la actividad empresarial.


Pero esto nunca se explica: la creación de la riqueza. Simplemente se le adjudican los calificativos de injusta, exagerada, abusiva, merecedora de ser redistribuida y castigada con impuestos. Jamás se reconoce la visión, valentía, habilidades, creatividad y perseverancia que caracterizaron a esas personas que se volvieron tan ricas.


Son despreciables y punto. 


En fin, que es lo que gusta, lo que hace sentir "moralmente elevados" a los intelectuales, periodistas, políticos y artistas que dominan la opinión pública. Esa "intoxicación permanente contra el capitalismo". Como si las opciones anticapitalistas fueran más loables y dignas...


La autora es economista y empresaria