miércoles, 24 de marzo de 2021

Los malvados evasores



Por Regina del Río


El discurso que predomina en los medios sobre el problema crucial de la fiscalización es el fraude cometido por los ricos y las grandes empresas: "Esos malvados evasores impiden que el gobierno tenga lo suficiente para gastar en los pobres e invertir en educación".


Con esto se nos vende que ese es el único problema: los deshonestos que no pagan impuestos a un grupo de "valiosos gobernantes". Y se desvía nuestra atención de lo que realmente es terrible para la gente: el cobro de impuestos per se. 


Los ciudadanos son víctimas de una presión fiscal (que es cada día mayor) y a ninguno (ni a ricos ni a pobres) les gusta pagar. No son los ricos los que defraudan, sino todo el que puede. El Estado persigue, y los ciudadanos, pobres o ricos, tratan de escaparse de alguna manera. Por eso existe la economía informal.


Ha sido tan bien mercadeada la deshonestidad del evasor, que nunca vemos manifestaciones de quienes pagan impuestos exigiendo pagar menos. Ni pidiendo al gobierno que reduzca significativamente sus gastos para que esto sea posible. Y sin embargo son ellos los que mantienen a esos políticos que los tildan de ladrones.


Se ve al ciudadano que produce su dinero (y que como es lógico no quiere dárselo a otro) como un ladrón, y no así a la agencia tributaria que saca dinero de sus bolsillos a la fuerza. Como su intervención está amparada en la legalidad, no se le puede llamar robo. Y mucho menos ahora, cuando supuestamente nos quitan nuestro dinero "por nuestro bien", por el bienestar social, por mejorar la economía...


Este es otro de los dogmas de los progresistas: si se cobran más impuestos, entonces la economía se dinamiza. Pero el sentido común y la evidencia histórica nos dicen lo contrario: los países no se hicieron ricos porque pagaron más impuestos; primero se enriquecieron y luego analizaron si podían subirlos o no.


Quieren que creamos que el dinero que nos hemos esforzado en producir está mejor en manos de los gobernantes (y no en las nuestras). Que solo así se contribuye a crear prosperidad. ¿La de quién realmente?


La autora es economista y empresaria

Sobre empresarios y empleados

 


Por Regina del Río


Muchas veces oímos decir: "He quebrado varias veces; no quiero saber de negocios". Y esas personas, que han intentado ser empresarias sin lograrlo, terminan empleándose y valorando la seguridad de un sueldo a fin de mes.


Aunque quieren que creamos que los empresarios llevan una vida fácil y cómoda, abusando de sus trabajadores, la realidad es otra.


En un sistema donde se respetan los contratos voluntarios entre la personas, la existencia del empresario libera al empleado de algo que no muchos saben manejar: el riesgo a perderlo todo.


Puedes ser un excelente chef y montar tu propio restaurante con los ahorros de toda tu vida. Si quiebras los pierdes. Pero si hubieses estado trabajando en ese mismo restaurante como empleado, simplemente te vas con tus destrezas a otro.


A la mayoría de la gente ser empresario no le va, por ese riesgo que conlleva. Y es precisamente por la existencia de ese riesgo que existen los beneficios. Para premiar al que tiene la valentía de atreverse, cuando las cosas salen bien. Y para premiar que con su ingenio, y arriesgando lo suyo, fue capaz de crear empleos y prosperidad.


A diferencia del salario, que se garantiza de antemano, el monto de los beneficios es incierto. Porque depende...


Depende de que factures lo que se proyectó (¿y si no?); de que no te engañe un suplidor; de que no explote la planta eléctrica; de que no te roben; de que no te demanden; de que la moneda en que cobras no se devalúe; de que no se te incendie el local; de que no te aumenten los intereses del préstamo; de que tus competidores no se te vayan alante; de que no pase un inspector a intimidarte;de que el gobierno no te suba los impuestos para financiar sus excesos...


La cabeza del empresario no se desconecta nunca. Aunque ande de paseo.


Antes de ponerse a acabar con los malvados capitalistas, estas cosas deberían decirse. Que muchos detestan la incertidumbre y los dolores de cabeza de ser empresario y eligen, aliviados, "que mejor se les explote".


La autora es economista y empresaria



El peligroso moralista

 Por Regina del Río



De los moralistas hay que cuidarse. Se la pasan quejándose de lo mal que va el mundo por "nuestra culpa".  Y son los grandes enemigos de nuestra libertad.


Los oímos indignarse porque somos fanáticos del fútbol y otros deportes, que acaparan nuestras mentes y nos hacen "indiferentes a la tragedia humana".


Los oímos pronunciar la palabra "lucha" (luchas sociales, revolucionarias...) tan vinculadas a desenlaces fascistas y comunistas.


Los oímos hablar de calamidades (no se callan metiendo miedo). Que si el hambre en el mundo, que si la pobreza, que si la desigualdad, que si el cambio climático y sus consecuencias apocalípticas...


Al revés de lo que nos quieren hacer creer, hay más democracia que nunca y más igualdad, no solo económica sino también social (¿o están las mujeres y los homosexuales peor que hace 50 años?) Hay menos analfabetos, menos guerras y la esperanza de vida nunca ha sido tan alta (incluso en países subdesarrollados). 


Nunca ha habido menos hambre. Ni menos pobres (en China, por ejemplo, la pobreza extrema prácticamente ya no existe).


Tampoco es tan nefasto lo del cambio climático (que siempre ha existido desde que el mundo es mundo). Tanto es así que el profesor (experto en clima) de MIT, Richard Lindzen, ironizaba cuando decía que si la situación de los mares fuese tan grave, Al Gore no hubiese comprado propiedades millonarias frente al mar. "Todo es más propaganda que ciencia", decía.


Y en el mundo desarrollado, los bosques se expanden, las aguas están más limpias y los vehículos emiten menos vapor de combustible.


Pero mientras más nos convenzan de que todo va mal, mayor la justificación para "protegernos de nosotros mismos", coartando nuestros derechos (y obtener para ellos poder y dinero).


¿De qué vivirían si no estos alarmistas? Mientras tanto trabajan en instituciones creadas (con nuestros impuestos) para combatir esos males. Jamás reconocerán que no son necesarios. Tendrían que reinventarse y ser productivos. Y la mayoría no sabría ni por donde empezar.


La autora es economista y empresaria

El ciudadano olvidado

 Por Regina del Río


En el diseño de las políticas públicas existe un gran olvidado: el ciudadano común y corriente, que simplemente quiere que se le deje en paz y en libertad para producir y mejorar su vida.


Esa persona no cuenta. "Es el hombre en quien nadie piensa", como bien lo definió el catedrático William Graham Summer.


Su olvido se hace más evidente y cruel con la creciente intromisión del Estado en todas las áreas.


Los políticos se reúnen para establecer qué debe hacer ese hombre por el bien de otros, y a él ni le preguntan su opinión, ni le consideran sus intereses, ni sus valores.


Ese gran olvidado es el que sale a trabajar o a emprender todas la mañanas por su cuenta, sin enchufes en el gobierno, sin ningún privilegio especial. Es el médico que ha amanecido estudiando durante años para poder sacar un título. Es el dueño del taller de mecánica o de un colmado. Es el ebanista, el plomero, la modista, la decordora, la salonera...


Es el trabajador honrado, dispuesto a ganarse su vida con su trabajo, aportando algo que otros necesitan y están dispuestos a pagar. El que es independiente y autosuficiente y no anda mendigando favores, ni pidiendo que le den un carguito o una subvención. No va por la vida dando lástima, sino viendo en qué puede ser útil.


Es a quien se le atiborra de impuestos y cargas, ya sea por lo que consume o por lo que produce, porque decidieron (desde arriba) que "debía contribuir al bienestar social", como si no lo estuviera haciendo ya desde su dignidad. 


Es el que paga, y no manda. Sobre él se carga el gasto y el despilfarro de nuestros gobernantes. Porque los que valen son los que "necesitan asistencia", los que piden, los "compinches", los que merecen porque sí. Y hay que buscarles "lo suyo".


El gran ignorado es la persona más valiosa y meritoria de una sociedad. Pero es a quien se castiga. A  quien se le pasa por alto su esfuerzo. A  quien se espanta y desmotiva, para beneficiar al que no sirve ni aporta.


Un mundo al revés...definitivamente.


La autora es economista y empresaria

Frédéric Bastiat

Por Regina del Río


Frédéric Bastiat fue un economista y escritor francés que vivió en el siglo XIX. Considerado el mejor divulgador del pensamiento liberal de su época, sus ideas deberían ser recordadas en la nuestra.


Bastiat se alzaba contra los pretextos que suelen usarse para justificar la intervención estatal ("¿no comprende la gente que lo que te da el gobierno con una mano te lo ha quitado ya con la otra?"), criticaba a los que decían que las guerras podían ser productivas ("no son más que un pillaje") y defendía el sistema de la propiedad privada y los contratos voluntarios, porque lo otro "no es más que esclavitud". También negaba la falacia de la educación y sanidad gratuita (porque no son gratuitas; "alguien más las paga").


Este gran pensador francés fue además un crítico ferviente de los socialistas. Se burlaba de su ridícula pretensión de cambiar la humanidad y crear (a la fuerza) una sociedad artificial, donde las motivaciones individuales se descartan por deshonestas.


Se mostraba hastiado de la empalagosa sensibilidad en sus discursos cuando apelan a bellas consignas, supuestamente generosas y humanas. Y cuando se adjudican la solidaridad como invento suyo, como si no fuera inherente a los seres humanos en su propensión a asociarse para prosperar.


Bastiat denunciaba la habilidad socialista para manipular la psicología social y distraernos de lo esencial con esos discursos sensibleros y compasivos (recordemos, por ejemplo, como con ese tipo de discurso el Che Guevara nos hizo olvidar que era un asesino).


Nos advirtió sobre lo que realmente pretenden los socialistas, aunque tengan la habilidad de disfrazarlo: el poder soberano más absoluto que jamás haya existido. "No solo quieren gobernar nuestros actos, sino alterar hasta la esencia misma de nuestros sentimientos".  


Así se expresó hace casi 200 años. Y eso, que no vivió para conocer a Fidel Castro ni a Maduro, ni para confirmar sus creencias con lo que ocurre en Cuba y Venezuela.


La autora es economista y empresaria

Falsos empresarios

Por Regina del Río


Un empresario es la persona que dirige, controla y supervisa las acciones de una empresa: identifica las oportunidades en el mercado, selecciona el personal, busca financiamiento y se hace responsable ante la sociedad de sus actos.


Existen diferentes tipos de empresarios: unos solo administran, sin ser los verdaderos dueños de la empresa; otros la han heredado y continúan el legado familiar, y otros se distinguen como emprendedores, porque han asumido riesgos creando algo nuevo.


Cuando el sistema de libre mercado se respeta, y la gente al emprender puede retener sus beneficios, existe la posibilidad de que muchos individuos talentosos se conviertan en empresarios. Estas personas ganarán dependiendo de que tan buena sean sus ideas, de que tan bien administren y de cuantas personas estén dispuestas a pagar por lo que ofrecen. 


A estos verdaderos empresarios no se les debe confundir con los falsos (aunque estos últimos hagan ostentación de un mayor éxito). 


Los falsos empresarios son individuos sagaces y astutos, sin ideas productivas ni habilidades organizacionales, que han sabido aprovechar sus conexiones con el Gobierno para enriquecerse. El dinero que obtienen (incluso a través de empresas legales porque para eso están bien conectados) proviene de la redistribución de la riqueza y no de su creación. O sea, de una especie de robo disfrazado.


Es el caso del amigo del ministro que se contrata para construir escuelas en zonas recónditas, sin alumnos ni profesores. O del otro compinche que confecciona uniformes nuevos para miembros de las Fuerzas Armadas (cuando todavía pudiesen usar los viejos), o del que recibe subvenciones para su empresa quebrada, o del que suple equipos médicos a sobreprecio.


Estos individuos se creen empresarios, pero no lo son. Más empresario es el frutero en la esquina, que ha madrugado para comprar su mercancía con el dinero de su esfuerzo, y facilita la compra de fruta fresca a los moradores de la zona.


El problema para un país es cuando las actividades vinculadas a ese amiguismo político son más rentables y fáciles que las productivas. Porque entonces los talentosos dejarán de crear empresas genuinas para "pegarse" al Estado, en detrimento de la innovación y el progreso. 


Muchos de esos talentosos no dan para eso de "pegarse" (no todo el mundo puede ser caradura ni "alfombrita"). Entonces terminan instalándose en otro país, frustrados e indignados con lo que ocurre en el suyo.


La autora es economista y empresaria Falsos empresarios 

Por Regina del Río


Un empresario es la persona que dirige, controla y supervisa las acciones de una empresa: identifica las oportunidades en el mercado, selecciona el personal, busca financiamiento y se hace responsable ante la sociedad de sus actos.


Existen diferentes tipos de empresarios: unos solo administran, sin ser los verdaderos dueños de la empresa; otros la han heredado y continúan el legado familiar, y otros se distinguen como emprendedores, porque han asumido riesgos creando algo nuevo.


Cuando el sistema de libre mercado se respeta, y la gente al emprender puede retener sus beneficios, existe la posibilidad de que muchos individuos talentosos se conviertan en empresarios. Estas personas ganarán dependiendo de que tan buena sean sus ideas, de que tan bien administren y de cuantas personas estén dispuestas a pagar por lo que ofrecen. 


A estos verdaderos empresarios no se les debe confundir con los falsos (aunque estos últimos hagan ostentación de un mayor éxito). 


Los falsos empresarios son individuos sagaces y astutos, sin ideas productivas ni habilidades organizacionales, que han sabido aprovechar sus conexiones con el Gobierno para enriquecerse. El dinero que obtienen (incluso a través de empresas legales porque para eso están bien conectados) proviene de la redistribución de la riqueza y no de su creación. O sea, de una especie de robo disfrazado.


Es el caso del amigo del ministro que se contrata para construir escuelas en zonas recónditas, sin alumnos ni profesores. O del otro compinche que confecciona uniformes nuevos para miembros de las Fuerzas Armadas (cuando todavía pudiesen usar los viejos), o del que recibe subvenciones para su empresa quebrada, o del que suple equipos médicos a sobreprecio.


Estos individuos se creen empresarios, pero no lo son. Más empresario es el frutero en la esquina, que ha madrugado para comprar su mercancía con el dinero de su esfuerzo, y facilita la compra de fruta fresca a los moradores de la zona.


El problema para un país es cuando las actividades vinculadas a ese amiguismo político son más rentables y fáciles que las productivas. Porque entonces los talentosos dejarán de crear empresas genuinas para "pegarse" al Estado, en detrimento de la innovación y el progreso. 


Muchos de esos talentosos no dan para eso de "pegarse" (no todo el mundo puede ser caradura ni "alfombrita"). Entonces terminan instalándose en otro país, frustrados e indignados con lo que ocurre en el suyo.


La autora es economista y empresaria Falsos empresarios 

Por Regina del Río


Un empresario es la persona que dirige, controla y supervisa las acciones de una empresa: identifica las oportunidades en el mercado, selecciona el personal, busca financiamiento y se hace responsable ante la sociedad de sus actos.


Existen diferentes tipos de empresarios: unos solo administran, sin ser los verdaderos dueños de la empresa; otros la han heredado y continúan el legado familiar, y otros se distinguen como emprendedores, porque han asumido riesgos creando algo nuevo.


Cuando el sistema de libre mercado se respeta, y la gente al emprender puede retener sus beneficios, existe la posibilidad de que muchos individuos talentosos se conviertan en empresarios. Estas personas ganarán dependiendo de que tan buena sean sus ideas, de que tan bien administren y de cuantas personas estén dispuestas a pagar por lo que ofrecen. 


A estos verdaderos empresarios no se les debe confundir con los falsos (aunque estos últimos hagan ostentación de un mayor éxito). 


Los falsos empresarios son individuos sagaces y astutos, sin ideas productivas ni habilidades organizacionales, que han sabido aprovechar sus conexiones con el Gobierno para enriquecerse. El dinero que obtienen (incluso a través de empresas legales porque para eso están bien conectados) proviene de la redistribución de la riqueza y no de su creación. O sea, de una especie de robo disfrazado.


Es el caso del amigo del ministro que se contrata para construir escuelas en zonas recónditas, sin alumnos ni profesores. O del otro compinche que confecciona uniformes nuevos para miembros de las Fuerzas Armadas (cuando todavía pudiesen usar los viejos), o del que recibe subvenciones para su empresa quebrada, o del que suple equipos médicos a sobreprecio.


Estos individuos se creen empresarios, pero no lo son. Más empresario es el frutero en la esquina, que ha madrugado para comprar su mercancía con el dinero de su esfuerzo, y facilita la compra de fruta fresca a los moradores de la zona.


El problema para un país es cuando las actividades vinculadas a ese amiguismo político son más rentables y fáciles que las productivas. Porque entonces los talentosos dejarán de crear empresas genuinas para "pegarse" al Estado, en detrimento de la innovación y el progreso. 


Muchos de esos talentosos no dan para eso de "pegarse" (no todo el mundo puede ser caradura ni "alfombrita"). Entonces terminan instalándose en otro país, frustrados e indignados con lo que ocurre en el suyo.


La autora es economista y empresaria


Falsos empresarios 

Por Regina del Río


Un empresario es la persona que dirige, controla y supervisa las acciones de una empresa: identifica las oportunidades en el mercado, selecciona el personal, busca financiamiento y se hace responsable ante la sociedad de sus actos.


Existen diferentes tipos de empresarios: unos solo administran, sin ser los verdaderos dueños de la empresa; otros la han heredado y continúan el legado familiar, y otros se distinguen como emprendedores, porque han asumido riesgos creando algo nuevo.


Cuando el sistema de libre mercado se respeta, y la gente al emprender puede retener sus beneficios, existe la posibilidad de que muchos individuos talentosos se conviertan en empresarios. Estas personas ganarán dependiendo de que tan buena sean sus ideas, de que tan bien administren y de cuantas personas estén dispuestas a pagar por lo que ofrecen. 


A estos verdaderos empresarios no se les debe confundir con los falsos (aunque estos últimos hagan ostentación de un mayor éxito). 


Los falsos empresarios son individuos sagaces y astutos, sin ideas productivas ni habilidades organizacionales, que han sabido aprovechar sus conexiones con el Gobierno para enriquecerse. El dinero que obtienen (incluso a través de empresas legales porque para eso están bien conectados) proviene de la redistribución de la riqueza y no de su creación. O sea, de una especie de robo disfrazado.


Es el caso del amigo del ministro que se contrata para construir escuelas en zonas recónditas, sin alumnos ni profesores. O del otro compinche que confecciona uniformes nuevos para miembros de las Fuerzas Armadas (cuando todavía pudiesen usar los viejos), o del que recibe subvenciones para su empresa quebrada, o del que suple equipos médicos a sobreprecio.


Estos individuos se creen empresarios, pero no lo son. Más empresario es el frutero en la esquina, que ha madrugado para comprar su mercancía con el dinero de su esfuerzo, y facilita la compra de fruta fresca a los moradores de la zona.


El problema para un país es cuando las actividades vinculadas a ese amiguismo político son más rentables y fáciles que las productivas. Porque entonces los talentosos dejarán de crear empresas genuinas para "pegarse" al Estado, en detrimento de la innovación y el progreso. 


Muchos de esos talentosos no dan para eso de "pegarse" (no todo el mundo puede ser caradura ni "alfombrita"). Entonces terminan instalándose en otro país, frustrados e indignados con lo que ocurre en el suyo.


La autora es economista y empresaria